Plantación de kiwi en Nueva Zelanda

¿Más Working que Holiday? Mi experiencia real trabajando y viajando en Nueva Zelanda

Era marzo de 2023 y había llegado a Nueva Zelanda con una visa Work and Holiday, una de las opciones más elegidas por quienes buscan trabajar y viajar por el mundo durante un año.

Entre campos, fábricas, noches largas y decisiones difíciles, mi paso por Nueva Zelanda me llevó a cuestionarme qué significa realmente este tipo de visas, cuánto se gana, cuánto se sacrifica y, sobre todo, para qué lo hacemos.

El falso kiwi y las largas noches

Mi corta estadía de cinco días en Auckland había sido suficiente para lograr obtener todo lo que necesitaba para poder trabajar: un número de teléfono del país, una cuenta de banco y un número de impuestos.

Ciertos trabajos son predilectos para los mochileros. Pues la naturaleza del movimiento constante lleva a los viajeros a tomar trabajos que no requieran de un compromiso a largo plazo. Sumado a otros factores como el lenguaje, la experiencia, títulos que avalen una profesión, etc.

Las excepciones existen, por supuesto, pero estos tipos de trabajos suelen ser un común denominador para los work and holiday: camareros, ayudantes de cocina, baristas, bartenders, empleados de limpieza, jardinería, obreros de construcción, trabajadores rurales, entre otros tantos.

Mis habilidades y experiencia previa me llevaban directo a buscar trabajo en algún campo.

Y dado que estaba a punto de comenzar la temporada de cosecha de kiwis (temporada muy valorada por los viajeros), decidí tomar este rumbo.

Una empresa de la ciudad de Gisborne, ubicada en el centro de la isla norte y en la costa este, me ofreció un puesto para trabajar en la cosecha de kiwis, el tan aclamado ‘picking’, y a los cinco días de haber llegado a Nueva Zelanda ya estaba mudado a esta ciudad y listo para empezar a trabajar.

En mi primer día en la finca había podido divisar que no había nada que se le pareciera a una planta de kiwis. Los frutos aún no alcanzaban la madurez de cosecha y habría que esperar unas semanas más para poder comenzar con el picking.

Sin embargo, cientos y cientos de pequeñas plantas de arándanos esperaban en una larga fila de los extensos invernáculos a ser transplantadas a su sitio definitivo.

Ese fue, oficialmente, mi primer trabajo en Nueva Zelanda: transplantar plantas de arándanos.

Las paladas de sustrato iban y venían durante largas horas llenando de sustrato las macetas en donde colocábamos las plantas para luego trasladarlas hacia nuevos invernáculos.

La radiación retenida por las paredes y techos de plástico de estos largos pasillos hacía que la temperatura sea al menos 10 grados superior a la del exterior y que tomar aire costara al menos dos veces más.

Desde chico supe trabajar en el campo, entre animales, tractores, palas y alambrados, pero este trabajo puso sin dudas a prueba mi resistencia física y mental.

Frente a la posibilidad de hacer otra cosa, no lo dudé mucho y renuncié. Pues la libertad de un contrato casual me daba las llaves de la puerta de salida para usarlas cuando quisiera sin tener que dar demasiadas explicaciones o argumentos.

Los mochileros, en algún punto, terminamos siendo una suerte de sujetos totalmente prescindibles para cualquier empresa que nos contrate. Hoy me voy, mañana llegará otro y pasado otro. En cierto punto, este sistema lejos de hacerme sentir descartable me hacía sentir más ligero a la hora de decidir.

Junto con un amigo, con el cual habíamos venido juntos desde Auckland, nos acercamos una mañana a la oficina de una empaquetadora de kiwis (packhouse) en el mismo pueblo para presentar nuestro CV sobrado de experiencia laboral de dudosa veracidad. A las pocas horas, nos llamaron para comenzar ese mismo día en el turno de la noche, 6:30 pm a 5 am.

Había trabajado de noche antes, había también trabajado en una fábrica antes, pero nunca había trabajado en una fábrica de noche. Y no creí que esto me fuera a afectar tanto a mi funcionamiento físico y mental.

Mi cuerpo y mi cerebro sufrieron una pequeña desconfiguración en sus ciclos naturales pero con las semanas todo fue puesto en su lugar nuevamente, o al menos un poco.

Comenzamos apilando cajas de kiwis, luego hicimos clasificación de frutos, empaquetado, etiquetado, palletizado, pasamos por todos los puestos en donde se necesitara a alguien.

Los turnos se hacían largos y la monotonía daba lugar a una lluvia de pensamientos de lo más variado pues la mente encontraba vía libre para sacar a relucir todo su esplendor en un intento de hacer pasar más rápido ese tiempo. Solo se interrumpía cuando sonaba un timbre y un grito en cadena que marcaba que era la hora de una pausa: smoko! smoko! smokooooo!

Smoko viene de un juego de palabras entre Smoke (fumar) y Coffee (café), pues estas eran las principales actividades que un trabajador podía realizar en 15 minutos de recreo cada tres horas.

Una de las cosas que me motivaba a trabajar en la packhouse era la posibilidad de trabajar con otros mochileros. ¿Quién no vio nunca aquellos reels de Instagram de decenas de viajeros trabajando juntos en una packhouse de kiwis en Nueva Zelanda mientras toman mates y escuchan Los Palmeras?

Éramos solo mi amigo y yo. Muchos maoríes y unos cuantos isleños, oriundos principalmente de Vanuatu y Fiji. Estas personas resultaron ser muy simpáticas y amigables con nosotros, lo cual sembraría en mí la curiosidad de conocer estos países que escuchaba nombrar por primera vez. Quedaría guardado en mi mente este encuentro y sería el germen de futuros viajes.

El tiempo pasó y cuando nos quisimos dar cuenta ya habíamos estado dos meses en Gisborne. Sentimos el llamado a movernos y nuestra vista se posó sobre la isla sur.

Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas.

Hubo tiempo para algunas desventuras, pero esa será una historia para otro día. En fin, para fines de mayo habíamos llegado a Christchurch, la ciudad más grande de la isla sur.

Allí tomaríamos caminos distintos: mi amigo buscó trabajo en la construcción y yo quería probar suerte en un tambo (campo de vacas lecheras).

Sabía que Nueva Zelanda era referente mundial en la producción lechera en base pastoril, que desde junio a octubre era una temporada alta de trabajo y muchos mochileros buscaban esta opción de trabajo ya que el pago era bueno y además muchos campos proveen casa a un costo muy bajo o nulo.

Una mezcla entre la curiosidad de mi lado más ligado a la agronomía y el lado mochilero de aprovechar la oportunidad para ahorrar dinero se cruzaron para inclinarme por esta opción.

Me postulé a varios campos y recibí varias propuestas. Compré un auto con lo que pude ahorrar trabajando en la empaquetadora de kiwis y me mudé a un campo que estaba a una hora y media de la ciudad, elegí la opción que mejor me pagaba.

En Gisborne, donde había trabajado antes, había hecho algunos amigos, pero la interacción social no había sido como lo que esperaba. Buscaba conocer más gente, conocer más mochileros y experimentar más a fondo la vida social neozelandesa.

Y quizás se pregunten al mismo tiempo que yo, ¿por qué decidí irme a un campo, donde justamente iba a tener menos contacto social, si lo que buscaba era conocer más gente?

Creo que mi vista se nubló un poco en ese momento y una obsesión económica no me dejó ver qué es lo que quería realmente para mí.

Hay ciertas cosas que se ven y aprecian mejor con el tiempo. Y en aquel momento hubo cierta falta de coherencia en mi accionar. Lo cual me traería ciertas consecuencias pero también un noble y valioso aprendizaje.

Trabajé en este tambo ordeñando vacas y haciendo tareas en general de la granja. Algunos días comenzaba temprano, a las 4:30 am para terminar a 2 pm y otros días empezaba a las 7 am para terminar a las 5 pm.

El frío del invierno de la isla sur se hizo sentir hasta en los huesos, llegando a nevar por mediados de julio.

Me pagaban bien y me daban también una habitación en una casa que compartía con otros chicos que trabajaban en el campo.

Trabajando con vacas en un tambo de Nueva Zelanda durante la temporada de invierno

Las primeras semanas las disfruté bastante y me sentí cómodo. La curiosidad era saciada a medida que me adaptaba a la rutina y al lugar.

Trabajaba 6 días seguidos y tenía luego 2 días libres. Volvía a Christchurch en todos y cada uno de mis días libres a visitar a los amigos que me había hecho durante mi corta estadía allá.

Amaba estar en Christchurch, la ciudad era hermosa, me sentaba muy bien a pesar de no ser un gran fanático de las ciudades. Había también hecho un gran grupo de amigos y había logrado conectar con un montón de personas que generaron un impacto muy positivo en mi vida.

Con el pasar de las semanas, me costaba cada vez más regresar al tambo. Durante los días de trabajo no hacía más que pensar en que quería que llegaran los días libres para poder regresar a Christchurch.

Empezaba a entender que estar ahí estaba comenzando a pesarme. Y, además, la relación con la gente del lugar no era de las más placenteras. Me costaba muchísimo el idioma y el estrés que suelen manejar algunos farmers se traducía en algunos tratos poco cordiales hacia mi persona. Si bien tenía un trato bastante bueno con los otros viajeros que trabajaban allí (oriundos de Irlanda, Japón y Ucrania), no terminaba de sentirme a gusto y mi mente se iba siempre hacia otro lado mientras mi cuerpo quedaba allí, vacío, testigo de mi ausencia y descontento.

Líneas atrás, hablé de la libertad que otorgan los contratos de trabajo casual para uno irse cuando lo desee del trabajo en cuestión. ¿Por qué no hice uso de ese beneficio si las cosas no estaban funcionando?

Como dije también, hay cosas que se ven mucho mejor con el tiempo. Y para ese momento y circunstancias el contrato moral me pesó mucho más que el contrato en papel. Pues había dado mi palabra de que me quedaría desde junio hasta octubre y quería dar valor a mis palabras, había un sentido de responsabilidad que no podía evitar.

¿De dónde viene esto? ¿Hasta dónde se puede sostener la palabra de uno? ¿Cuáles son los límites de nuestro compromiso? ¿Soy una mala persona por cambiar de opinión?

Miles de preguntas y preocupaciones me llegaban y debía lidiar con todo eso también.

Quería irme a Christchurch, pero también surgía la preocupación de no encontrar trabajo y que lo que había logrado ahorrar se me fuera en picada. Ya que, sin trabajo, el dinero se escurre como arena entre los dedos en un país con costos de vida como los de Nueva Zelanda.

La ausencia de causa, motivo o razón sumaban otra carga a mi estadía. No lograba responderme por qué o para qué me estaba exponiendo a estar ahí cuando mi deseo era estar en otro lugar, ¿qué estoy ganando con quedarme? ¿qué estoy perdiendo? ¿merece la pena este esfuerzo? Preguntas que quedaban ausentes de respuesta en cada uno de mis intentos de encontrar alguna fuente de motivación para seguir en este lugar.

Aprendí así, que cuando no podemos responder con la mente el cuerpo responderá por nosotros. Me costaba mucho conciliar el sueño y me desvelaba. Me sentía completamente agotado y mis energías disminuían con cada día que pasaba.

La última noche que estuve allí, no logré dormir en toda la noche. Por la mañana, me presenté a trabajar pero solamente para encarar a mi manager y decirle que no iba a poder continuar.

Me disculpé, frente a la noticia tan abrupta, pero de su lado solo hubo un ‘ok, no problem. Thank you’.

Pues esa prescindibilidad de los trabajadores viajeros de la cual había hablado estaba entrando en escena. Es algo con lo cual tratan desde hace años y de seguro en solo unos días consiguieron alguien para reemplazarme. El mercado laboral se mueve muy rápido y en países donde abundan los work and holidays, siempre habrá alguien para cubrir algún espacio vacío.

Armé mis cosas esa misma mañana y me fui a Christchurch. Cerrando así mi etapa en el tambo. Conociendo los límites de mi cuerpo y mi mente a la hora de afrontar estos trabajos y sabiendo de ahora en más que habría que afinar las cuerdas en ciertas cuestiones de cara a futuros trabajos. Entendiendo el por qué y el para qué de cada día y reconociendo los síntomas que me mostrarán hasta dónde estaba dispuesto a seguir. Todo esto lo valoraría muchísimo en el futuro.

Amigos peludos y trabajos random

Ni bien llegué a Christchurch ya sentía un poco más de alivio. Habían sido meses duros en el tambo y ahora quería recuperar mis energías.

Me quedé en la ciudad un mes y medio haciendo petsitting. Compartí esta experiencia con una chica argentina que sería mi compañera de viajes por Nueva Zelanda.

Hacer un petsitting consiste en cuidar de las mascotas y de la casa de personas que dejan sus hogares por unos días, ya sea por vacaciones, trabajo u otros motivos. Muestra del alto grado de seguridad y confianza que existe en la sociedad neozelandesa, estas personas buscan gente que los ayude con la cuestión a cambio de quedarse en sus casas durante el tiempo que ellos estarán fuera. Y tener un alojamiento gratuito, aunque sea por unos días, para un mochilero es una oportunidad que no se puede dejar pasar. Logramos encadenar varios lugares a la vez y así cubrimos un mes y medio de estadía cuidando gatos, perros y peces.

Ese bicho de querer volver a trabajar y la necesidad de querer cuidar mis ahorros volvieron a picar. Más allá de que mis gastos eran muy bajos, la incesante preocupación por la materia económica me llevaba a querer hacer algo.

Debido a la logística de quedarme en las casas que implicaban los petsitting, la cuestión se volvía un tanto compleja. Pues los propietarios habían valorado mucho mi presencia 24/7 en el hogar y no podía ausentarme en mis tareas de cuidados caninos y felinos.

Llegó entonces a mí la idea de buscar algo que pudiera hacer desde casa. Fui indagando un poco más y me metí en una plataforma de trabajos online que me llevó a contactar con un argentino que vivía en Nueva Zelanda y que ofrecía un trabajo como analista de datos.

El trabajo era solo por unas semanas, yo tenía algo de experiencia en lo que esta persona requería y se me fue asignada la tarea de trabajar con él.

El pago no fue mucho, pero suficiente como para calmar mis preocupaciones de ese momento.

Así que esta visa también me permitió trabajos de estas características, ampliando también mi visión y volcando habilidades que creía no iba a volver a aplicar jamás. El manejo de datos no es una materia de la cual sea devoto, pero fue un excelente medio para mis fines.

La cuota viajera

Habían pasado hasta este momento casi seis meses en Nueva Zelanda. Pasé por campos de arándanos, empaquetadoras de kiwi, tambos y hasta un trabajo online.

Cierta parte de mí sentía que había sido más working que holiday; mi experiencia y mi deseo de explorar el país me afloraba por los poros de la piel. Sentía el llamado a volver a moverme. Un instinto nómade habitaba en mí y poco a poco le iría dando cada vez más espacio.

Esta vez me llevó a tomar una decisión que resultaría en un gran cambio para mi viaje.

Vendí el auto que me había acompañado durante mi tiempo en el tambo. Un auto pequeño en tamaño pero enorme en lealtad, que fue el medio para mis escaparates de aquella realidad que no lograba conciliar. Fue mi corcel motorizado que me llevaba desde los solitarios campos verdes del interior de Canterbury hasta la ciudad de mis amores, donde mi espíritu se congojaba en cada visita.

Lo cambié por uno más grande. No por avaricia sino por oportunidad: la oportunidad de poder tener una casa con ruedas.

Mi nuevo compañero sería vehículo y hogar por el resto de mi estadía en el país. Y el primer paso que dimos juntos fue dejar Christchurch para aventurarnos por la isla sur.

Crucé el Arthur’s Pass, llegué a la ruta de los glaciares, visité ciudades como Wanaka, Queenstown, incontables lagos, una visita a los fiordos, me fui hasta la ciudad más sur de la isla, Invercargill, visité Dunedin y volví a Queenstown en una aventura de unos 25 días viajando y durmiendo en mi van.

Van estacionada en un paisaje de montaña durante un viaje por la Isla Sur de Nueva Zelanda.

Mi cuota de viaje estuvo saciada, y sentía que mi experiencia se completaba. Logré también conectar con lo más profundo de mis deseos y entendí, también, que una relación más amigable con los trabajos Work and Holiday era posible.

Había en mí todavía resabios de los malos momentos que pasé en el tambo y no quería volver a pasar por experiencias similares. Pero mis sentidos estaban más finos y mis deseos también mucho más claros: quería seguir viajando y estos trabajos serían el medio para ello.

Por lo cual, los planes para volver a trabajar se activaron.

Expedición florística rumbo al norte

En Queenstown me reencontré con dos amigos que conocí en Christchurch. Una de ellas era mi compañera de petsitting.

Decidimos irnos al norte a trabajar, a lo más norte de Nueva Zelanda, Northland. En una travesía de 1800 km nos cruzamos casi todo el país en tres días y finalmente llegamos.

Nuestra motivación era trabajar en la cosecha de flores de kiwi.

Resulta que el kiwi, botánicamente hablando, es una planta dioica, lo que significa que hay plantas macho y plantas hembra. Las flores del macho se cosechan para extraer el polen con el cual luego se prepara una solución que es utilizada para fecundar a las plantas hembras y así obtener los frutos.

La cosecha de flores tenía fama de ser muy bien remunerada y eso nos bastó para aventurarnos en esta cruzada florística.

Al llegar, nos enteramos de que hubo unas semanas de retraso en el comienzo de la cosecha. Pero ya estábamos ahí y no pensábamos quedarnos esperando a que el polen llegara a su grado de madurez. Muy rápidamente, logramos encontrar otro lugar para trabajar en el mismo pueblo.

¿Dónde más sino que en campos de kiwi? Las tareas en este trabajo consistían en hacer pruning (poda), thinning (eliminar los frutos en exceso para garantizar tener frutos más grandes) y tareas de mantenimiento en general de la orchard (finca).

Al enterarnos de que la cosecha de flores comenzó, nos ausentamos del otro trabajo por unos días pero sin aún renunciar, por si la cosa no funcionaba y tuviéramos un lugar a donde trabajar.

Balde lleno de flores de kiwi cosechadas en Northland, Nueva Zelanda.

Nos fuimos entonces a probar suerte en las flores. Este trabajo se pagaba por producción, como varios trabajos del rubro frutihortícola de Nueva Zelanda, principalmente todo lo referido a cosechas. Básicamente, más cosechas, más ganas. Pero para esto es importante que el volumen a cosechar sea grande y constante. Y este requisito no fue cubierto por este trabajo. En pocas horas nos quedábamos sin flores por cosechar. En cálculos, lo ganado por hora era súper alto, pero trabajábamos muy pocas horas al día. A fin de cuentas, nos convenía mucho más volver al trabajo anterior, donde el pago era una tasa fija por hora, pero al final del día rendía más que lo que nos ofrecían las flores.

Considerando todo esto, dijimos adiós a este trabajo y volvimos con la cola entre las piernas a nuestro trabajo anterior, intentando no levantar demasiada sospecha de que jugamos en otro equipo por unos días.

Me encontraba nuevamente trabajando en el campo, sí. Pero una realidad muy distinta acontecía y mi mirada sobre lo que acontecía en la experiencia era totalmente distinta a la que había tenido en previos trabajos hasta el momento. Sabía por qué estaba ahí y para qué. Había en mi mente proyectos de viajes y mi objetivo era poder financiarlos. Quería también hacer algunas remodelaciones a mi van y eso fue un gran motivante para cada día.

Además, el ambiente mochilero reinaba en la orchard. Viajeros de Francia, Alemania, República Checa, Austria, Argentina y Japón eran mis compañeros de trabajo, sumado a muchos locales que se mostraron muy amables e interesados en compartir con nosotros. Y, por supuesto, también mis dos amigos. Por lo cual, empezaba a entender la importancia del factor humano en estas experiencias y lo valioso de poder interactuar allí con gentes de distintos puntos del globo.

Muchos vivíamos en van y compartíamos los mismos sitios de acampe, y nunca faltaron las escapadas a cascadas y playas que nos circundaban.

Todo esto trajo mucha paz a mis decisiones y me permitió un arduo aprovechamiento de mis días en el norte.

Fueron casi dos meses en Kerikeri. Hacía unas semanas uno de mis amigos decidió irse a seguir otros rumbos, muchos de mis compañeros comenzaban también a tomar distintos caminos y pronto yo también escucharía el llamado al movimiento una vez más.

Se acercaba fin de año y me motivaba la idea de ir a pasar las fiestas a Auckland, a vivir la festividad en la ciudad más grande del país y luego ver qué deparaba este viaje para mí.

Triple P (Pico, pala y pallets)

Llegué a Auckland a mediados de diciembre. ¿De qué trabajaría en una gran ciudad? Dudaba mucho de mis habilidades para trabajar en una cocina, un hotel o como camarero, por lo cual me guié por la tosquedad de mi naturaleza y me metí a probar suerte en la construcción.

A través de una reclutadora, pasé por varios trabajos: saqué baldosas, removí escombros e hice limpieza en obras, hasta que llegó la posibilidad de trabajar en una warehouse (depósito) de una empresa importadora que necesitaba una persona para descargar containers y repaletizar los productos. Fue uno de mis mejores trabajos en el país. El ambiente era muy tranquilo y, para mi sorpresa, resultó ser un trabajo poco exigente en lo físico y permitió que mi cuerpo descansara un poco luego de remover tanto escombro.

Trabajador sacando baldosas en una obra de construcción en Auckland, Nueva Zelanda.

Mis intenciones en Auckland no eran solo pasar Navidad y Año Nuevo, sino también poder hacer las remodelaciones que quería a la van para poder sumar más comodidad a mi viaje.

En la urbe, me volví a encontrar con mi compañera de petsitting y nos largamos a hacer uno más. Pasamos las fiestas cuidando de un perro y un gato en una casa que cuidamos durante diez días, sin perdernos de ir a ver el show de fuegos artificiales que tuvo lugar en la Sky Tower de Auckland, mientras la lluvia que caía daba paso al nuevo año.

Las fiestas pasaron, mis días de trabajo estaban contados y, una vez más, mis pies pedían pistas para moverse libremente.

Desde Auckland, tuve la suerte de conseguir un trabajo en Tauranga, ciudad a la que había querido ir desde que llegué al país, y las vueltas de este viaje me llevaban a este tan preciado destino para mí.

Trabajaría a las afueras de Tauranga, en realidad, y por supuesto, en los ya aclamados cultivos de kiwi.

Terminé de acomodar mis cosas, me despedí de mi compañera y de la ciudad, y puse rumbo hacia Tauranga, donde hectáreas y hectáreas de kiwi esperaban por mis ya calludas manos, listas para volver a pasar horas bajo la parra.

Amistades bajo la parra

Llegué y me encontré con que mis funciones no diferían mucho de lo que ya había hecho en Kerikeri: podar, eliminar los frutos pequeños y otras tareas de mantenimiento.

Y este lugar me encontró de nuevo con un montón de viajeros con los cuales compartí largas horas de trabajo y muchos con los cuales logré entablar una amistad muy profunda.

Dos viajeros sonrientes trabajando bajo las parras de kiwi en Nueva Zelanda.

Las lluvias nos marcaban la cancha y todos los días debía esperar un mensaje de nuestra encargada para saber si trabajaríamos o no. La rueda de la fortuna de los work and holiday que eligen trabajar en el campo: el clima.

Los días de lluvia se volvieron un desafío para mi vida en una van, pero también una invitación a la creatividad. Vivía en el mismo campo donde trabajaba, ya que allí estacionaba mi van, y en los días en los que el clima no permitía que desarrolláramos nuestras labores me refugiaba en la biblioteca más cercana, la cual hacía también de fuente de energía para mis dispositivos electrónicos.

No contaba con duchas en donde estaba viviendo, pero una suscripción a un gimnasio bastó para proveerme de un baño caliente todos los días.

Me encontraba viviendo muy cerca del Mount Maunganui, que más allá de sus vibes surferas y su ambiente muy relajado, era como una pequeña porción de Sudamérica en Nueva Zelanda. Estaba repleto de argentinos, uruguayos y chilenos que hacían de este su hogar durante sus tiempos de viaje. Esto me acercó mucho a conocer a viajeros de estos países y a volver a tener esas grandes juntadas de amigos como las que solía tener en casa.

El verano pasó, pasaron los días y, conforme llegaba marzo, se acercaba una nueva temporada de cosecha de kiwi. Pero mis intenciones eran trabajar durante esa temporada en otro lugar donde irían a trabajar unos amigos.

Pickeando por un sueño

Pasé a trabajar en una empresa dedicada una y exclusivamente a la cosecha de kiwis.

Toda la fuerza de trabajo de este lugar éramos viajeros work and holiday de distintas partes del mundo. Eso era música para mis oídos, me sentía muy bien trabajando en lugares donde reinara la multiculturalidad y el deseo de conocer otras historias.

Pero un desafío a nivel físico también estaba frente a mí: un trabajo pagado por producción.

Cuantos más kiwis cosechábamos, más dinero recibíamos. Esto se convirtió en motivo suficiente para que los días sean jornadas intensas de no parar de manotear kiwis a mansalva y cargar las mochilas que, llenas, podían pesar hasta quince kilos. Los brazos, la espalda, los hombros, todo el cuerpo estaba expuesto a uno de los trabajos más exigentes a nivel físico que realicé jamás.

Los días consistían en alentarnos los unos a los otros todo el tiempo, pues trabajábamos en equipo y todo lo que juntara el equipo se repartía en partes iguales. Lo que nos llevaba también a mirar con descontento a aquellos que iban a un ritmo más lento, poniéndonos también en una posición un tanto cuestionable de exigir a los demás que movieran más rápido sus manos.

El clima volvió a jugar sus cartas, así como también lo hicieron los grados de maduración que tenían cada uno de los distintos campos, lo que en conjunto nos marcaba cierta intermitencia en el trabajo y que hacía que los cálculos de ganancias que esperábamos para esa semana quedaran totalmente desfasados. Teoría económica mochilera.

En mi afán de querer aprovechar al máximo mis últimos meses de visa en materia económica, decidí buscar en paralelo otras empresas a donde ir a cosechar. Por lo tanto, si mi empresa prioritaria no me daba trabajo para ese día, me iba cual peón golondrina al campo siguiente a buscar kiwis que pudieran ser cosechados por mis manos.

Y en una medida aún más drástica y polémica, decidí ir a trabajar también en el turno noche de una empaquetadora de kiwis. Por lo cual comenzaba mi día a las 7 de la mañana y cosechaba durante ocho horas en el día, tomaba unos mates y me iba a la empaquetadora a trabajar hasta las 5 a. m. de la mañana siguiente para luego volver a las 7 de la mañana de ese día a cosechar nuevamente y recién descansar cuando terminara ese día de cosecha. Hacía esta triquiñuela dos veces a la semana. La llamaba la doble Nelson, en un intento de buscarle un sentido de gracia a tal exigencia. A la tercera semana supe que mi cuerpo no lo iba a tolerar mucho más y desistí.

Terminé a principios de junio la cosecha de kiwis y con eso terminó también mi etapa laboral como work and holiday en Nueva Zelanda. Me quedaban solo unos días más de visa, que los tomé para conocer algunos sitios que me habían quedado pendientes y luego armar mi mochila rumbo a nuevos horizontes.

Equipo de viajeros cosechando kiwis en Nueva Zelanda, trabajando por producción.

Quién te quita lo bailado?

No quiero concluir en que mi experiencia fue más working que holiday, pues es verdad que trabajé mucho, en muchísimos rubros y de manera muy exhaustiva también, pero mi tiempo en el país me permitió también explorar muchísimos lugares y conocer un montón de maravillosas personas y sus historias.

Este tipo de visas trata justamente de eso, de trabajar y viajar. Pero quizás nadie llega preparado para lo que serán esos trabajos, para lo que van a exigirte a nivel físico y mental y el impacto que tendrán en nuestras vidas.

Habiendo pasado por todos estos lugares y teniendo experiencias de lo más variadas, doy lugar a sacar algunas reflexiones y aprendizajes sobre lo vivido.

El desafío personal

Enfrentarse a hacer cosas nuevas, cosas distintas, a trabajar con gente de otros países y a manejarse en un idioma distinto a la hora de trabajar, nos lleva hacia una suerte de prueba con nosotros mismos. Desde lograr manejar las frustraciones que pueden surgir hasta saber celebrar los pequeños logros de cada día.

Hay un gran valor de aprendizaje intrínseco en estas experiencias que viene dado por exponerse a lo desconocido. Mucho de este aprendizaje puede ser relativo a cada persona y a cada experiencia, pero hablaré por mí en este caso, citando que el haber aprendido a comunicarme, a escuchar, a resolver y a desenvolverme en estos trabajos me ha provisto de virtudes que nutren mi crecimiento personal.

El haber pasado por ahí, el saber cómo son las cosas de primera mano, el equivocarse y aprender son de por sí tesoros súper valiosos que quedan en el registro de nuestro camino en este viaje.

Los demás como pieza fundamental del desarrollo de la experiencia. En las otras personas recae una virtud poco visibilizada, que es la capacidad de hacer que nuestro tiempo allí sea mejor o peor. Queramos o no, son un condicionante. No somos impermeables a quienes nos rodean y es realmente muy difícil llegar a un cierto grado de hermetismo que nos blinde del efecto que los demás puedan generar en nosotros. Para bien o para mal.

El factor humano

Creo que afortunadamente me encontré en este camino con muchísimas más personas que lo hicieron para bien que para mal, lo cual me lleva a sentirme muy agraciado, ya que este es un factor poco controlable por nosotros y no sabemos con qué o con quién nos encontraremos en cada lugar que nos toque habitar.

Increíbles seres humanos han aparecido en mi camino gracias a estos trabajos y eso ya es motivo suficiente para valorarlos. Siendo así también, una oportunidad para la conexión humana y el intercambio de historias.

Y aunque me encontrase podando kiwis bajo el sol o apilando cajas en el frío de una empaquetadora, la buena compañía hacía que las horas pasaran rápido entre charlas y que un simple acto de monotonía laboral se terminara convirtiendo en un encuentro entre pares que buscan matar el tiempo hablando pavadas.

El dinero y las visas Work and Holiday

Mucho se habla de cuánto se puede ganar haciendo una visa work and holiday, de cuántas horas necesitas para comprarte el último iPhone o en cuántas semanas podés comprarte un auto. Pero no tanto del costo real en salud física y mental que ello implica. Y menos aún, de la diversidad de grados de tolerancia que cada persona puede tener a llevar a cabo estas experiencias.

Los motivos para hacer una visa work and holiday pueden ser de los más variados y el abanico de posibilidades es tan extenso como el número de personas en este mundo, todos y cada uno de ellos igualmente válidos, pero a todos nos atraviesa en algún momento la cuestión sobre el dinero.

Y es también uno de los temas centrales en muchas charlas entre work and holidays. Los datos de dónde se puede hacer más dinero, las horas que fulano trabajó la semana pasada y el gordo pago que mengano recibió hace dos días no dejan de ir y venir al mismo que un mate da vueltas en esas rondas de conversaciones viajeras.

Caer en comparaciones es un riesgo inminente. Y muchas veces no se tiene en consideración lo que la otra persona tuvo que atravesar ni tampoco un conocimiento real de lo que implican esos procesos.

Para muchos de nosotros, principalmente a los que somos de Sudamérica, la posibilidad de ahorrar nos resulta algo extravagante y ajeno a la economía en la que fuimos criados. Mayoritariamente de clase media, muchos de los viajeros no concebíamos la idea de ahorrar más del 50 % de nuestro salario en nuestros países de origen. Y encontrarnos frente a tal novedad puede volver un poco vertiginoso el trato que le damos a esta cuestión, tornándose en una especie de obsesión por querer aprovechar cada minuto de visa en obtener un dólar extra en la cuenta de banco.

Muchos querrán tomar su tiempo de visa como un período dedicado única, exclusiva y exhaustivamente a ahorrar dinero, lo cual encuentro como un motivo igual de válido que aquel que quiera dedicarlo a viajar o dedicar más tiempo y energías a otras experiencias.

En varios momentos de mi visa me ha corrido una suerte de desesperación por querer hacer más dinero, por sentir que estaba “desperdiciando mi visa” o por querer estar ahorrando lo que el último reel que vi en Instagram me dijo que podía ahorrar en Nueva Zelanda. Lo cual inevitablemente me llevó a no ser coherente en algunas decisiones, como resultó ser mi experiencia de trabajar en un tambo cuando realmente quería un tiempo de otras experiencias.

Y para lograr echar un poco de luz a la cuestión y que lo que decidamos hacer con nuestro tiempo de visa se vuelva muy importante, un crudo asentamiento con nosotros mismos y saber cuáles son nuestras causas, motivos, razón u objetivos de hacer una work and holiday es fundamental.

Por qué y para qué

Dos preguntas que nos pueden llegar a marcar mucho la cancha. Con esto no quiero hacer referencia a que sin objetivos claros no podés hacer una visa work and holiday; nada más alejado de eso. Los objetivos van cambiando, se van encontrando durante el camino, mutan, se transforman y van tomando un montón de direcciones a lo largo del viaje. Y es un perfecto ciclo natural de nuestra humanidad.

Pero sí, creo que estas experiencias te llevan al menos a intentar tener el mayor grado de honestidad posible con uno mismo. La invitación a poder escucharse a uno mismo, desde la mente, el cuerpo y el corazón, y a poder darse cuenta para qué uno está y para qué no, considero que es de lo más positivo que podemos tomar de una work and holiday. Es parte de todo ese bagaje de aprendizaje que nos quedará cuando ya no queden posibles horas laborables.

Poder respondernos desde la sinceridad y la coherencia al momento de decidir exponernos a hacer trabajos que demandarán de nosotros un esfuerzo físico y mental grande, nos ayudará un montón a estar amigados con las decisiones que tomemos.

Es muy probable que se den momentos de la visa en que decidamos volcar nuestros esfuerzos y energías al trabajo arduo porque ese momento se condice con nuestros objetivos, que pueden ser económicos, migratorios, experimentales o del tipo que se nos ocurra. Es bueno identificarlos y saber cuál es la finalidad de ese período.

Y es muy probable también que, en otros momentos de la visa, esa energía se vuelque a viajar, a generar conexión humana, intercambio cultural o simplemente gozar de una temporada más tranquila, donde el trabajo quizá sea nulo o justo y necesario para cubrir nuestras necesidades, o inclusive también un margen de ahorro aún posible pero menor que en otras condiciones.

Todo es posible, las oportunidades son muchas y no hay decisión que esté bien o mal, pero no podemos dejar de lado nuestro autoconocimiento y sinceramiento. Esto traerá sin dudas paz a tus decisiones y motivación para cuando tu cuerpo y mente, cansados, se pregunten qué haces haciendo ese trabajo estando tan lejos de casa.

El medio para el fin

Una frase que escuché con mucha frecuencia durante estos años de work and holiday fue: “Estoy cansado/a de este tipo de trabajos, estoy para otra cosa”. Y esto, creo, puede deberse a que la gran mayoría quisiera estar haciendo otro tipo de trabajos que nos reditúen más allá de lo económico.

Algo que encuentro súper común y normal. Puede que muchos hayan dejado sus trabajos como profesionales en su país y se la jugaron a dar un salto y aventurarse a lo nuevo y desconocido, pasando a hacer otras cosas que pueden verse como un “retroceso”.

En hora buena de cómo nuestra visión se amplía. Hacer estos trabajos que otras personas hacen durante toda su vida nos brinda una gran lección sobre la valoración de todo tipo de actividad laboral dentro del marco de lo humanamente honesto.

No hay trabajo que defina tu valor como persona; el mismo valor humano lo tiene quien cosecha kiwis, quien trabaja en una construcción, quien lava platos en un restaurante, un gerente de banco o un astronauta.

Por ello creo que los trabajos work and holiday son efectivamente un medio para un fin. Ya sea para ahorrar, para buscar otras visas que te permitan quedarte más tiempo en el país, ganar conocimientos o aprender nuevas habilidades, estas experiencias tienen todo el potencial para ser una enriquecedora etapa en el desarrollo de tus proyectos personales, profesionales y laborales.

Pueden aportarte lo que en ese momento necesitas para impulsar otros proyectos en tu vida. Se ligan ineludiblemente a nuestros objetivos y, por ello, es importante saber que son una etapa del camino. Y tomarlos por lo que realmente son, una oportunidad, nos ayuda a transitarlos con paciencia y apertura a todo lo que podamos aprovechar de ello. Podemos verlos también como una llave que nos puede abrir muchas y diversas puertas para que luego podamos volcarnos a hacer cosas que nos gusten mucho más.

Conclusión y reflexión final

Trabajar en Nueva Zelanda me ha generado tanto aprendizaje como me lo ha generado viajar. Y en ambos aspectos he tenido experiencias súper ricas y diversas que me han hecho crecer en lo personal, que me han abierto oportunidades y que impulsaron mi autoconocimiento y autoescucha.

Si hay algo de lo que puedo estar convencido es que estos trabajos ofrecen grandes oportunidades, pero nunca más grandes que la que un país y una cultura entera pueden ofrecer.

Ya sea Nueva Zelanda u otro país, esta visa permite estar por un año o quizás más en dicho país, lo cual es una puerta abierta a conocer su gente, su cultura, sus costumbres; a conocer otras historias, a hacer nuevos amigos y a un intercambio cultural inmenso; a explorar lugares, a perderse y a encontrarse; a animarse a hacer y a ser; a probar y experimentar, a equivocarse y a aprender; a sentir, a conocerse y a escucharse; a nutrir nuestra mente y nuestro espíritu con experiencias que nos marcarán a fuego para el resto de nuestras vidas.

La posibilidad de ahorro es un hecho; esto fue lo que a mí me dio la posibilidad de seguir viajando por otras partes del mundo. Y sí, se ahorra. Y si ese es el único motivo y propósito para hacer esta visa, es totalmente válido y respetable.

Pero jamás olvidemos que el éxito de una work and holiday no lo define la cantidad de dígitos en la cuenta de banco, sino lo que te llevas guardado en el corazón para toda tu vida.

Gracias por leerme y cualquier duda, pregunta o consulta que tengan me lo pueden hacer saber en los comentarios. ¡Nos vemos la próxima!

¡Que siga el viaje!

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