¿Qué pasa cuando dejás de viajar como turista y empezás a viajar como humano? Esta es la historia de mi viaje mi por Fiji, un país que me llevó a cuestionar el ritmo de vida, la idea de progreso y el verdadero significado de la hospitalidad. Entre rituales de kava, celebraciones tradicionales, autostop y encuentros espontáneos, descubrí una cultura donde el tiempo se mide distinto y donde la comunidad está por encima de todo.
Un viaje en el Pacífico Sur
Junio de 2024 y mi visa de Nueva Zelanda llegaba a su fin. Meses antes de esta fecha, había decidido cuál sería mi próximo destino: las islas del océano Pacífico.
Conocí a varias personas de Fiji durante mi tiempo en Nueva Zelanda, puntual y específicamente cuando trabajé en las empaquetadoras de kiwi. De hecho, muchos nativos de las diferentes islas del Pacífico Sur (Fiji, Samoa, Tonga y Vanuatu) llegan al país a trabajar en este rubro.
Me encontré con personas súper amistosas que contagiaban en mí su alegría, lo que despertó mi interés y curiosidad en conocer más sobre su cultura, tradiciones y modo de vida.
Mis tiempos eran un poco acotados pues me esperaba también una pronta visita a Argentina, pero un mes me bastaría para poder aventurarme a través de las islas de Fiji y Samoa.
Fiji fue la primera parada y el aeropuerto de Nadi me recibía con el alegre ritmo de guitarras y canciones locales entonadas por artistas que daban su show al costado de la puerta de ‘arrivals’. Vestidos en sulu (falda tradicional fijiana), coloridas camisas y voluptuosos collares de flores que colgaban de sus cuellos, estos cantantes ya daban notas de las ‘vibes’ fijianas. De entrada, podría pensarse que es solamente una faceta que busca dar una buena primera impresión al visitante, pero esa alegría y calidez se replicaría en cada punto y rincón del país.
Eran cerca de las 10 pm cuando logré salir del aeropuerto y la única manera que tenía de llegar al hostel que había reservado era en taxi, ya que los autobuses ya no circulaban en ese horario. Por el regateado precio de 20 dólares fijianos, tomé un taxi y comencé a vislumbrar los primeros esbozos de la ciudad.
Venía de Nueva Zelanda donde todos y cada uno de los espacios eran inmaculados, limpios y perfectamente ordenados. En Nadi, me reencontraba de nuevo con el aire pesado de viejos motores humeantes, los baches domando al pavimento en cada kilómetro y las calles de tierra con zanjas a los costados. Construcciones a medio terminar convivían con el colorido de los puestos de comida callejera, las palmeras con bolsas plásticas que revoloteaban por el aire, y el calor con los perros callejeros que dominaban los barrios, todo al mismo compás de la música tradicional que no hacía más que contagiar de alegría a todos sus oyentes.
Volvía de alguna manera a un mundo real, a un mundo que no me era ajeno ni sorpresivo, a un mundo imperfecto en su belleza y nuevo en la diversidad cultural que Occidente no me había ofrecido hasta el momento.

Bula my friend
La primera palabra que escucha todo visitante al llegar es “bula”. Varios significados valen para esta palabra, usándose como un saludo de bienvenida, como un deseo de bendición y buena fortuna, como agradecimiento o simplemente para decir hola.
Llegué al hostel, situado en Wailoaloa Beach, un tanto alejado del centro de la ciudad pero a solo unos metros del mar. La cálida recibida al grito de ‘bula, bula my friend’ me hizo sentir a gusto enseguida. Dejé mis cosas en la habitación, la cual compartía con otras 30 personas. El fin de buscar la habitación más barata posible me llevaba a la experiencia del mayor número de personas con quien había compartido una habitación de hostel.
Me dirigí hacia el patio repleto de palmeras a reposarme sobre una hamaca mientras leía los carteles de ‘Cuidado con los cocos’. Y no hablamos de la colectividad a la que pertenece ‘el coco’, aquel monstruo con el que solían asustarnos de pequeños, sino a los frutos de las palmeras que caían sin previo aviso alcanzando una velocidad de hasta 70 km/h y que tranquilamente podían partir un cráneo humano.
Era ya casi la medianoche y mi cena fueron unos noodles que compré en el único almacén que encontré abierto a esa hora.
Mientras seguía en la hamaca y hacía mi digestión, dos viajeros franceses aparecieron en la escena y comenzamos a charlar un rato.
Hacía ya unas semanas que estaban viajando por Fiji en la búsqueda y caza de las mejores olas para surfear. Me preguntaron si había tomado kava, tradicional bebida fijiana, a lo cual respondí que no dado que llevaba no más de tres horas en el país.
Me invitaron entonces a visitar a unos amigos fijianos que vivían a la vuelta del hostel para iniciarme en el ritual.
La kava y un robo en la madrugada
Estos amigos resultaron ser los dueños de otro modesto albergue de la zona. Me presentaron con ellos y como acto reflejo arrimaron tres sillas más a la mesa para hacernos parte de la reunión.
El fanatismo de los fijianos por el Rugby Seven, por Los Pumas y por Lionel Messi los llevaba a tener en gran estima a Argentina, lo cual me ayudó a conectar rápidamente con mis anfitriones. Luego de haberme presentado y también haber escuchado un poco sobre sus vidas, uno de los locales exclamó contundentemente ‘Kava time’, a lo cual todos los presentes asintieron al unísono.
Todo el equipo de utensilios fue presentado sobre la mesa: una palangana, una jarra con agua, una tela muy fina que hacía de filtro, un pequeño cuenco llamado Bilo y una bolsa llena de un polvo que desconocía. Este polvo en cuestión era la kava. Se obtiene tras secar y moler las raíces de una planta que recibe el mismo nombre.
La persona a cargo del ritual vertió el agua dentro de la palangana, colocó una cantidad considerable de este polvo dentro de la tela (diría que una o dos tazas para llevarlo a una escala cuantificable) y comenzó a sumergir la tela con el polvo dentro del agua como quien prepara un té o un mate cocido en la cocina de su casa. Poco a poco, el agua se fue tiñendo de un color marrón/gris. Luego de algunas inmersiones y escurrir el saco exhaustivamente hasta la última gota, la bebida estaba lista para servirse.
La misma persona encargada de preparar la kava servía la bebida en el pequeño cuenco, el Bilo, y lo pasaba de a uno a la vez hacia cada uno de los presentes en la ronda. Según el ritual indica, antes de tomar el cuenco con tus manos, se aplude una vez, debes decir Bula en forma de agradecimiento y luego beber todo de un sorbo. Al finalizar, se devuelve el cuenco diciendo ‘vinaka’ (gracias) y todos los participantes aplauden tres veces.
Al llegar mi turno, agradecí diciendo Bula, tomé el cuenco con mis manos y di un sorbo profundo a la bebida. Su gusto me recordó instantáneamente a la tierra. No metafóricamente hablando, sino que efectivamente tenía gusto a agua con tierra. Enseguida sentí un efecto anestesiante en mi lengua, recordándome a la sensación que produce la anestesia para el dolor de muelas. Y al rato, un efecto relajante en mi cuerpo. Mis manos, brazos y piernas se sentían más livianos y mi espíritu alegre. Técnicamente, la kava no es una planta alucinógena pero sí es reconocida por sus efectos sedativos y relajantes. Devolví el Bilo a la persona a cargo del ritual y aplaudí tres veces en un nuevo agradecimiento.
El ritual se repitió durante algunas rondas más, alternándose con charlas y pausas que se hacían para que alguno de los presentes tomara una guitarra y nos deleitara con alguna canción.
Este ritual en ronda, de agradecimiento, de encuentro, de una figura central como distribuidor de la bebida, me recordó mucho a las rondas de mate que solemos hacer en varios países de Sudamérica, salvando las distancias de los efectos que cada bebida causa. Pero la finalidad era la misma: un pilar de la vida social en el encuentro, en respeto y conexión con los demás miembros de la comunidad.

Después de algunas rondas, el efecto sedativo y el cansancio del día forjaron una alianza que me llevaría a retornar alegremente a la hamaca del hostel, no sin antes despedirme de mis amistosos anfitriones y los viajeros franceses que me habían presentado con ellos.
Volví así al hostel, pero en lugar de ir a mi habitación sentí que quería relajarme un rato más en el patio y desafiar a los cocos que podían llegar a caer de las palmeras.
Varios perros se encontraban en el patio, todos muy relajados y amistosos como lo era la gente del lugar. Como amante de los caninos, me di el lujo de acariciar a algunos de ellos para luego recostarme en la hamaca, mientras ellos se echaban también a descansar distribuidos por los distintos rincones del patio que más cómodos les sentaran.
Dejé mis ojotas en el suelo y luego de mirar un rato las palmeras, me dormí plácidamente por unos minutos. Me desperté repentinamente y supe que era momento de ir a mi habitación a descansar.
Al levantarme de la hamaca, me encontré con un hecho de pura traición frente a mis ojos: uno, o varios, de mis amigos peludos había robado una de mis ojotas. La busqué por unos minutos pero no hubo resultado exitoso en mi búsqueda. Resignado, me fui a dormir descalzo en un pie sabiendo que otra encomienda me esperaba para el siguiente día. Además de conocer el centro de Nadi, debía comprar un nuevo par de ojotas.
La multiculturalidad como herencia
A la mañana siguiente me dirigí a tomar el bus local que pasaba por la esquina del hostel y que por el módico precio de 1 dólar fijiano (0,45 USD) me llevaría al centro de la ciudad de Nadi.
Una suerte de nostalgia me llegó al cuerpo al pagar con una moneda directamente al chofer. Sin lectores de tarjetas o boletos en QR comprados previamente por internet, esta dinámica me recordó an mis días de niño tomando el transporte público en Argentina. Y las condiciones del vehículo un poco también: ventanillas trabadas con un destino ambiguo de quedar siempre abiertas o siempre cerradas, el cuero roto de los asientos exponiendo la goma espuma de relleno y manijas de hierro como apoyacabezas. Lo que llamaba curiosamente mi atención era el sistema de timbrado que avisaba al chofer que un pasajero quería descender del vehículo: una soga que iba a lo largo del bus de la cual se jalaba para hacer sonar una campana que reposaba en el lado derecho del conductor. La originalidad como virtud destructora de la falta de recursos es un estandarte que encuentro digno de venerar.
La primera parte del recorrido fue a través de los barrios de la periferia de Nadi. Barrios humildes de fachadas caídas y calles de tierra, casas construidas con lo que se tuviera al alcance: chapas, machimbre, algún cartel reinventado, hojas de palmera y ladrillos solo para los más agraciados. Paisaje que sería una constante en casi todo el país como reflejo de las condiciones de vida en Fiji y de las desigualdades que atraviesan al país. Una realidad que a pesar de golpear duro no tiene la fuerza necesaria para aplacar la alegría y simpleza con la que estas personas eligen vivir su día a día, una realidad que no se convierte en excusa para que este pueblo exprese toda la hospitalidad que tan distintivo lo hace y una realidad que no los aleja de valorar lo que ellos consideran más importante en sus vidas: su tierra y sus familias.
Una vez llegado a la estación central de Nadi, comenzó esa danza que se da en los centros neurálgicos de sociedades y culturas tan pintorescas como la fijiana. La estación central de autobuses, el mercado, la avenida principal y el colegio más grande de la ciudad se encontraban en solo 200 metros a la redonda.
Los colores y olores del mercado son una muestra de toda esa culturalidad. Los rostros de los vendedores son la imagen viva de la autenticidad local y las conversaciones son la musicalidad de la sociedad, aunque no se comprenda una sola palabra ni mucho menos el contexto, esa música es el sonido que queda guardado en el diario de viajes del alma.
Al recorrer las calles de Nadi, no solo me encontré con cientos de puestos de venta de frutas, verduras, vestimenta tradicional y vendedores de tours: también descubrí un país construido sobre la convivencia de culturas muy distintas, al curry conviviendo con la kava y a Jesús conviviendo con Ganesha. Cada una dejando su marca en la vida diaria y en la identidad del lugar.
La población fijiana se divide principalmente entre los iTaukei los habitantes originarios de las islas, y los indo-fijianos, descendientes de los trabajadores indios traídos por el Imperio Británico durante el siglo XIX para trabajar en las plantaciones de caña de azúcar.
Los iTaukei—de origen melanesio, con influencias polinesias— llevan en sus venas una historia de más de 3.000 años. En sus venas corren las costumbres y tradiciones que reflejan una profunda conexión con la tierra y la comunidad: la ceremonia del kava, los cantos, danzas y cuentos que se transmiten de generación en generación, todo aquello que mantiene viva su identidad.
Por otro lado, los indo-fijianos llegaron directo desde India bajo los contratos laborales que los británicos, quienes dominaron las islas durante casi 100 años, les ofrecieron en los campos azucareros. Muchos llegaron a quedarse y, con el tiempo, construyeron su propio mundo: templos hindúes, mezquitas, festivales, idiomas y cultura gastronómica que hoy conviven en armonía con las tradiciones fijianas. Su presencia transformó la isla, y aún hoy es imposible recorrer Fiji sin percibir la huella de estas dos culturas entrelazadas.
Esa multiculturalidad se refleja en las calles de todo el país. Como muestra de la gran influencia indo-fiyiana en la sociedad, se erige en el centro de la ciudad de Nadi el templo de Sri Siva, el templo hindú más grande de todo el Pacífico.
La convivencia no siempre fue fácil y existieron tensiones por el acceso a la tierra, el poder y la representación. Pero hoy en día la convivencia es pacífica y forma parte de la identidad del país. Aunque existen ciertas particularidades donde cada grupo sigue manteniendo costumbres y tradiciones que no se replican en el otro. Por ejemplo, los iTaukei hablan fijiano y no hindi, mientras que los indo-fiyianos hablan hindi y no fijiano. La tradición de la kava es propia de los iTaukei y son pocos los indo-fiyianos que realizan este ritual. En cuanto a la religión, la mayoría de los iTaukei son cristianos, mientras que los indo-fiyianos son hindúes mayoritariamente o musulmanes en menor medida.
Sin embargo, todo el entramado cultural en Fiji se siente más como una herencia viva y una historia palpable en las calles.
Haber caminado por Nadi y escuchar conversaciones en fijiano, hindi e inglés me mostró que la verdadera riqueza de un lugar no reside solo en sus paisajes, sino en la diversidad de su gente, en cómo cada comunidad deja su marca y aprende a convivir. En Fiji, la multiculturalidad no es un dato estadístico: es parte de la identidad misma, un puente entre pasado y presente, entre islas, océanos y continentes.

Lo que el paraiso oculta
Fiji es, para gran parte del mundo, una postal. Un conjunto de islas perdidas en el Pacífico donde el agua es más clara que el cielo y las playas parecen diseñadas para un fondo de pantalla. Es el destino de luna de miel, de resorts all inclusive que se distribuyen por varias de las islas menores del país, y de vacaciones de lujo donde todo está pensado para que el visitante no tenga que preocuparse por absolutamente nada.
En muchas de sus islas más turísticas, la experiencia está cuidadosamente curada: bungalows sobre el agua, excursiones organizadas, actividades programadas y un contacto con la cultura local que muchas veces queda reducido a una representación pensada y armada para el turista. Fiji se vuelve así un producto, una idea empaquetada de paraíso tropical lista para ser consumida.
Caso práctico y palpable es el del agua mineral Fiji, producida y envasada en el país, que es vendida en los mercados de EE.UU. y Europa como un producto premium. Y resulta paradójico que, mientras el mundo paga precios absurdos por una botella de agua que promete pureza tropical, en algunas partes de Fiji el acceso al agua potable sigue sin estar garantizado, siendo las comunidades rurales las más afectadas. La postal del paraíso parece no contar toda la historia.
También es un destino reconocido a nivel mundial por el buceo. Sus arrecifes de coral —muchos de ellos aún vivos y resistiendo al avance del cambio climático— y la abundante fauna marina atraen a viajeros de todas partes. Pero incluso en ese mundo submarino, donde la naturaleza todavía conserva su fuerza, el turismo deja su huella, tensionando el delicado equilibrio entre conservación y explotación. Poniendo también contra las cuerdas a la pesca artesanal, la cual representa un modo de vida y es la fuente principal de alimento para las comunidades locales.
Frente a esa versión de Fiji, la más difundida y accesible, pero también la más superficial, decidí alejarme de los caminos marcados, de salir del circuito cómodo y predecible para acercarme a una experiencia más real, más genuina, más humana.
Fue así como decidí recorrer el país a dedo, librándome a ese azar de encuentros aleatorios que la ruta depara a quien confía en ella para marcar su rumbo. No solo como una forma de moverme, sino como una manera de abrirme a la conexión, a lo inesperado, a esas historias que no aparecen en ninguna guía de viaje pero que terminan definiendo el verdadero sentido del viaje.
Si Google Maps lo dice…
Luego de unos días en Nadi y los primeros encuentros con la cultura fijiana, decidí aventurarme hacia el interior de la isla principal: Viti Levu. Fiji se compone de 333 islas, siendo Viti Levu la más grande y el lugar donde se encuentran las ciudades más importantes del país: Suva, la capital, y Nadi, con el principal aeropuerto internacional.
Desde esta última ciudad partí hacia el norte, hacia un pueblo llamado Lautoka. Tomé un bus para llegar a las afueras de Nadi y desde allí probar mi suerte a ser levantado por algún auto. Esperé solo unos diez minutos hasta que el primer auto frenó y su conductor aceptó llevarme hasta este pueblo.
Llegado a Lautoka, mi apetito me dirigió directo hacia el mercado, donde dos porciones de roti de pollo y un bizcochuelo de bananas se ocuparon de dejar mi corazón contento.
Sabiendo del limitado acceso al agua potable, me ocupé de comprar agua en el supermercado y algunas provisiones que me ayudarían a tirar el resto del día. Acto seguido, me fui a echar un ojo a una feria que tenía lugar a pocas cuadras del mercado.
A diferencia de las del centro Nadi, estas ferias no funcionaban como tiendas de recuerdos a cielo abierto, sino que ofrecían aquello que los locales necesitaban para su día a día: ropas, artículos de cocina, productos de limpieza, CDs y películas, kava a granel, entre otros.
Luego de rechazar ofertas por algunas cacerolas, comencé a preguntarme dónde podría pasar la noche. Viajaba junto con mi hamaca, por lo cual mi primer acto fue una inspección del lugar y el intento de dar con el hallazgo de dos palmeras que me brindaran el soporte necesario para estirar mi cama colgante. Al menos en las cercanías, no encontré ningún sitio propicio para el caso. Inspeccioné algunos canteros que pudieran oficiar de cama, pero sabía que podía encontrar algo mucho mejor. Los alojamientos del lugar estaban muy por encima de mi presupuesto, por lo que quedaron descartados de manera inmediata.
Volví a la feria a hablar con la gente y ver qué podía encontrar. Una mujer me ofreció hospedarme en su casa y brindarme la cena por el precio de 50 FJD (23 USD). En mi anhelo, esperaba conocer a alguien que quisiera recibirme desde el desinterés, la hospitalidad y el genuino deseo de querer compartir nuestras historias. No acepté la oferta y me dispuse a barajar otras opciones.
Como fuente de apoyo, decidí entrar a Google Maps y vi que a unos 40 minutos del pueblo, en una zona rural, había un homestay. Técnicamente, este tipo de alojamientos son casas de familia que hospedan a viajeros y brindan también comidas. Iba a tener que abonar, pero de seguro podía obtener un mejor precio que la primera oferta que había recibido.
Me dispuse a chequear si había alguna reseña o comentarios sobre el lugar; nada. Me fijé si había algún número de teléfono o algún dato de contacto para poder comunicarme antes de llegar; nada. Solo aparecía una foto. Dudé si el lugar pudiera existir realmente o si fuera funcional, pero en mi mente solo pude decirme:
—Si Google Maps lo dice…
Buscaba, de alguna manera, el más simple justificativo para dirigirme hacia un sitio desconocido: una suerte de búsqueda de lógica frente a un simple deseo de aventura no racional.
Tomé un bus que me llevó hacia las afueras del pueblo y, una vez en la carretera principal, volví a echar mi suerte. Algo particular sobre Fiji es que no se acostumbra a usar el gesto reconocido mundialmente del pulgar arriba para hacer dedo, sino que más bien simplemente se extiende el brazo, como quien frena un colectivo en Ruta 3 y camino de cintura.
Allí, una camioneta me levantó y salté en la caja con mi mochila aún sobre los hombros. El vehículo me dejó justo en la calle de tierra que debía tomar para llegar al lugar que esperaba fuera mi sitio de morada para esa noche.
Comencé a caminar por la calle mientras divisaba algunas casas en los alrededores. Algunas vacas flacas y con grandes jibas miraban curiosas desde los pastizales, pero no divisaba ninguna persona.
Al llegar al final de la calle, el camino se volvió confuso. Claramente no había logrado llegar al lugar que tenía en mente y ahora debía elegir uno de los tantos pequeños caminos que se habian formado entre pisadas de humanos y bovinos. Y confiar en que me llevarían a algún sitio que me brindara un techo.
Hice mi elección y comencé a caminar siguiendo las huellas. Primero atravesé pastizales, luego esquivé algunos esqueletos de autos desechos y otras chatarras oxidadas que decoraban el paisaje, hasta que me di cuenta de que estaba cruzando entre patios y jardines de las casas del lugar, cual intruso que desconoce el significado de propiedad privada. Finos pasillos de ladrillo hueco y chapa me llevaron hasta una casa en donde logré dar con una persona que descansaba en su reposera. Le conté a este hombre sobre el lugar que estaba buscando y me indicó que siguiera las vías del tren, que se encontraban a unos metros de su hogar.
Alguna vez escuché a un viajero decir: “siempre que estés perdido, seguí las vías del tren”. Consejo práctico y útil, aplicado a la realidad de mi viaje.
Caminé por las vías un rato, pasé temeroso al lado de unos toros que no dejaban de clavar su mirada en mí, mientras yo solo podía pensar en que esos grandes cuernos no sintieran ganas de atravesar de lado a lado a un simple mochilero perdido.
Dando veracidad a ese consejo, las vías del tren me llevaron finalmente a una “village”, una aldea.
Allí vi que dos mujeres estaban sentadas en el tronco de un árbol caído, mientras decenas de niños, de un rango etario que iba desde los 2 hasta los 12 años, revoloteaban jugando alrededor de sus tutoras.
Me dirigí a hablar con ellas, me presenté y les pregunté si conocían sobre ese homestay que Google Maps tanto aclamaba. Me respondieron que ese lugar ya no funcionaba más, lamentablemente, y que hacía ya unos meses había dejado de recibir gente.
Frente a esta noticia, pregunté si conocían algún sitio donde pudiera colgar mi hamaca y pasar la noche. A lo que respondieron: “podés colgarla en cualquiera de las cientos de palmeras que tenemos aquí, pero sos bienvenido a quedarte con mi familia en nuestra casa si lo deseas”.
No había manera de rechazar tan preciada invitación; era justamente el tipo de encuentro que estaba buscando. Mi respuesta de aceptación fue inmediata y cargada de agradecimientos.
—Eso sí, hoy tenemos una celebración. Podés dejar tus cosas en mi casa y venir con nosotros —me dijo Kaci, mi anfitriona.
No había comprendido ciertamente de qué tipo de celebración se trataba, pero acepté sin lugar a dudas.
Una de sus hijas fue mi guía hasta la casa para dejar mis pertenencias, mientras una guardia personal de niños me escoltaba a través del laberíntico camino, que me brindó una mirada más profunda del lugar. Era una aldea de pescadores, como la gran mayoría de las aldeas en Fiji. Las humildes casas tejían una compleja red de pasillos que atravesaban comedores y cocinas. Todos allí fueron notificados de mi llegada por los gritos de mis escoltas, lo que llevaba a que las personas salieran a saludarme y a darme una cálida bienvenida al grito de “¡bula!”.
Al llegar a la casa, dejé allí mi mochila y me prestaron un sulu, la tradicional falda fijiana. Debía estar vestido apropiadamente para la celebración que nos acontecía.
Volví al lugar donde Kaci y la otra mujer estaban esperándome, mientras aguardábamos por un taxi que vendría a recogernos para ir a los festejos que tanta curiosidad me estaban generando.
Una combi que se notaba que tenia unas cuantas batallas a cuesta, pero aún funcional, llegó por nosotros y abordé el vehículo junto con las dos mujeres y el incontable contingente de niños. Pusimos rumbo al sitio festivo, que quedaba a unos 30 minutos de allí. Recién al llegar iba a comprender de qué tipo de celebración se trataba y lo que ello significaba para su cultura: había sido invitado a celebrar un funeral.
Cien noches de luto
Cuando una persona fallece, según las tradiciones fijianas, especialmente de los descendientes iTaukei, se realiza un ritual de cien noches de luto en memoria de esta. Es un acto de conmemoración, de respeto y un fuerte emblema de la cultura local. Durante estas noches también tiene lugar un período de restricciones de ciertas actividades, a voluntad de cada persona que quiera rendir homenaje: algunos eligen no consumir alcohol, otros eligen no pescar en ciertas áreas, u otros pueden elegir no cortarse el cabello o afeitarse la barba.
En la noche número cien se realiza una ceremonia muy especial como cierre de este período, y se levantan las restricciones. Se da lugar a momentos de oración muy profundos, al intercambio de regalos, a muchas rondas de kava y a un gran banquete para finalmente terminar el tiempo de luto.
Al llegar al lugar, fui presentado al jefe de la comunidad, quien se ocupó de presentarme a todas y cada una de las decenas de personas que habían asistido a la celebración. Estas cien noches de luto eran en memoria de su difunta esposa. El hombre cargaba con una espesa barba gris que no había cortado durante todo ese tiempo.
Muchas personas vestían remeras con fotos y frases que rendían tributo a su ser querido que había abandonado el mundo terrenal. También se veían pasacalles y carteles que no dejaban lugar a dudas de que sería recordada con mucho amor.
El ambiente era de respeto y memoria, pero también relajado y muy amigable. Parecía no haber causa, motivo o razón suficiente para borrar ni un milímetro de la sonrisa que todo fijiano carga consigo, y no encontraban en su conciencia colectiva una mejor manera de conmemoración que no sea la alegría.
Suculentas y masivas bandejas de comida no dejaban de desfilar frente a mis ojos, al mismo tiempo que observaba cómo cinco enormes ollas no dejaban de humear y llevar a mis narices olores que atraían toda mi curiosidad culinaria.
Entablé una relación muy estrecha con Laico, primo de Kaci, ambos sobrinos de la mujer a quien se rendían honores esa tarde. Él me llevó de posta en posta para una ronda de degustación en la cocina a cielo abierto que había sido tendida, nutrida por puro fuego a leña: kilos y kilos de cassava hervida (mandioca), pescados de todos los colores y tamaños que podrían imaginarse, cerdo, verduras, ají y limón.
Al caer el sol, un círculo de oración se formó en torno a un gran cuadro de la difunta, y tuvo así lugar el clímax espiritual de la centésima noche de duelo: ancianos, adultos, jóvenes y niños rindiendo una última plegaria a su ser amado.
Todas sus palabras fueron en fijiano, pero sus oraciones fueron encomendadas a Dios. Siendo la muestra viva de cómo las tradiciones ancestrales se mezclaron con el cristianismo, cómo el mestizaje religioso mantiene aún vivas prácticas de origen tribal junto al Santo Evangelio traído por los misioneros europeos.

.
Acto seguido, todas las partes tomaron sus respectivos lugares en las distintas mesas que se disponían para servir el banquete que se había estado gestando. Yo me disponía a tomar mi lugar entre los que optaron por formar una ronda y comer sentados en el suelo, pero Laico me llevó, a pedido del viudo, a sentarme en la mesa central, junto a los principales miembros de la familia. Este oportuno mochilero había sido premiado con un lugar de honor en la comunidad.
Había un común denominador para todos los comensales, más allá de si tuvieron una silla en las mesas o prefirieron el suelo: la ausencia de cubiertos. Encontraba en el acto de comer con las manos una vía de estrecha conexión con los alimentos y un sentido de pertenencia comunitario.
El menú fue contundente y frente a mi imposibilidad de ingerir algún bocado más, poco a poco me retiré hacia la comodidad que el suelo me ofrecía para hacer una ligera digestión y seguir tendiendo charlas con todos los allí presentes.
Ese día había comenzado para mí como una travesía sin un claro final, y el pasar de las zancadas y decisiones me había llevado a estar siendo un pleno beneficiario de la pura y desinteresada hospitalidad fijiana.
Cuando creí que estaríamos pronto a retirarnos para ir a descansar, Laico y Kaci me invitaron a ir a un carnaval en el pueblo vecino. Debo admitir que el sueño se estaba apoderando de mi cuerpo, pero aún no podía negarme ante la oferta. Así que acepté.
De allí marchamos directo al carnaval: un evento situado en un gran terreno abierto, cientos de concurrentes, copos de nieve, globos, juegos de feria para todo rango etario, oxidadas vueltas al mundo y un ‘gusano loco’ que amenazaba con descarrilarse en cualquier momento. El ambiente que reinaba era familiar, de diversión y fiesta.
No tardé mucho en darme cuenta de que era el único extranjero entre la multitud. Muchas miradas se posaban sobre mí con curiosidad, con un amigable saludo al ritmo de ‘bula’ y con el pedido de alguna foto. Estaba evidentemente en un lugar con pocas o nulas visitas de turistas, y eso era música para mis oídos: frente a mí había autenticidad, libre albedrío y cotidianidad social. La simpleza y la humildad de esos pueblos significaban para mí la verdadera cara de Fiji, la faceta más real de su gente y la espontaneidad que ninguna agencia de viajes podía ofrecerme.
El cansancio y el deseo de descansar llegó para todos, y luego de unas horas abordamos la misma combi que nos había llevado.
Regresamos a la aldea de Kaci, cruzamos todos aquellos intrincados pasillos y estábamos nuevamente en su casa.
El hogar de mis anfitriones era un solo ambiente compuesto por cuatro paredes de chapas, un techo del mismo material y suelo de tablones de madera. Antes de acostarme, la crudeza me conmovió al ver que Kaci me pidió disculpas al no poder ofrecerme un colchón y me dio la única frazada que tenía para que mi espalda no estuviera en contacto directo con el suelo.
Inmediatamente le dije que no habría ningún problema, que estaba profundamente agradecido por haberme recibido en su hogar y que guardara la frazada para ella y sus hijos. Se negó rotundamente e insistió. Entendí que negarme a aceptarla sería negarme a su hospitalidad, así que terminé aceptando mientras ella dormía con sus hijos directamente en el suelo. Compartimos todos el mismo lugar.
Quedé conmovido por la situación, que es la misma que atraviesan miles y miles de familias fijianas. Eso también era autenticidad y realismo. Una noche durmiendo en el piso de una casa de familia me enseñaba mucho más que lo que una noche durmiendo en un resort podría enseñar.
Al día siguiente me mostraría que detrás de su casa actual estaba poco a poco comenzando a construir los cimientos de su nueva casa con el dinero que su esposo, quien se había ido a trabajar a Australia, le enviaba para que, ladrillo a ladrillo, fueran construyendo su hogar.
El piso no fue excusa para que pudiera dormir cómoda y plácidamente durante toda la noche. Me levanté por la mañana, sin tener muy claro aún hacia dónde seguir.
Kaci y sus hijos me acompañaron hasta una calle en la cual ellos estarían seguros de que yo no me perdería. Me despedí y agradecí profundamente su hospitalidad y todo lo que habían compartido conmigo. No solamente las comidas, fiestas y ceremonias, sino su historia.
Tomé la calle de tierra, y 500 metros me separaban de la carretera principal. 500 metros para pensar sobre mis próximos pasos. Convertía así una medida de longitud en una medida de tiempo.
Un domingo fijiano
—¿Ya desayunaste? —me preguntó una mujer que se encontraba en la parada de bus, en la misma ruta donde yo aún meditaba qué rumbo tomar.
—Aún no, pero estimo que será pronto porque estoy hambriento —le dije mientras pensaba en las galletitas de agua y la lata de atún que tenía en la mochila.
—Podés venir a desayunar a mi casa. Mis hijos y nietos van a estar contentos de conocerte, no se ven muchos turistas por acá. Además, hoy es domingo y todo el mundo se queda en sus casas; va a ser difícil que consigas que alguien te lleve.
Su comentario validaba mi espera de 25 minutos en la ruta y la ausencia total de cualquier tipo de vehículo al cual pudiera hacerle una seña. Frente a este escenario, a mis ganas de ya mandar algo hacia el estómago y al entusiasmo de seguir conociendo familias fijianas, acepté su invitación con todo gusto.
A los pocos minutos nos levantó un amigo de ella en su camioneta. La cabina ya iba completa y viajamos juntos en la caja, junto a otras tres personas. Solo unos 10 kilómetros nos separaban del lugar hasta su aldea.
Al llegar, los niños del lugar dejaron la pelota de fútbol de lado y me recibieron entre palmadas y apretones de mano. En su casa, bandejas de cassava hervida y la versión fijiana de las tortas fritas me esperaban junto a una gran taza de té con una considerable cantidad de azúcar. Nos dispusimos a desayunar en ronda y sentados en el suelo con toda su familia.
Los vecinos por allí pasaban, se tomaban su tiempo para saludar y degustar también del desayuno.
Pronto llegó una mujer que se presentó como la esposa del jefe de la aldea para invitarme a la misa dominical. Todos se vistieron con lo más elegante que encontraron en sus placards, pues la capilla podía ser humilde, pero el evento era de gala.
Me prestaron un sulu y traté de tomar la prenda más prolija que pudiera tener en mi mochila para no desentonar con el ambiente. Una vieja camisa me sirvió para la ocasión.
La capilla estaba a su máxima capacidad y tomé un lugar entre la multitud junto a la mujer que me había invitado. Lo primero que hizo fue compartirme un cancionero, el cual no tardé en advertir que estaba completamente en fijiano.
Su esposo, jefe de la comunidad, auspiciaba también como pastor.
La rama dominante del cristianismo en el país es el protestantismo, importada no solo por los misioneros europeos sino por otros misioneros polinesios, principalmente de Tonga, que ya habían abandonado su religión ancestral y pasaron a difundir la palabra de Dios. El rol de estos últimos fue clave, ya que el entendimiento con los fijianos fue mucho más cercano y, así, poco a poco, los jefes tribales adoptaron el cristianismo y sus comunidades le seguirían en la conversión.
La misa tuvo lugar en fijiano, por lo cual mi entendimiento fue muy poco. Pero eso no me impidió quedar impresionado con el ímpetu y dedicación con que entonan los cantos. Un coro de ángeles isleños del pacífico daba su función bajo el techo de aquella humilde capilla y mis oídos se deleitaban con las melodías en un idioma que no comprendía.
Varios discursos se alternaban con las canciones, hasta que el pastor tomó una lista y comenzó a pasar lista cual preceptor de colegio secundario. No era cuestión de tomar asistencia, sino que era el llamado a dar el diezmo. Uno por uno, los miembros de la comunidad eran llamados a dar su colaboración. Una lista que fue un tanto larga, ya que había al menos unas 60 personas en el lugar. Mi incredulidad e ignorancia llevaron a preguntar a mi anfitriona sobre el asunto.
—Esta es nuestra manera de reforzar el compromiso y el sentido de pertenencia con la comunidad. Con lo que recolectamos hacemos cosas para la aldea y ayudamos a los que lo necesiten. La pesca es cada vez más complicada y cada vez más gente necesita ayuda —me respondió.
El credo cambió, pero el fuerte sentido de vida en comunidad para los fijianos era aún fuerte e inquebrantable. Mucho más marcado en estas aldeas rurales, todos sus miembros vivían bajo un concepto de unidad, solidaridad y colaboración.
La misa terminó y, acto seguido, el jefe y pastor vino directo hacia mí a darme la bienvenida y a invitarme a quedarme con ellos ese domingo. Era el cumpleaños de su hermano y había motivos para festejar. Otra invitación que no pude rechazar.
El banquete de cumpleaños incluyó, junto a la infaltable cassava, kokoda, mi comida favorita de Fiji: pescado marinado con limón y mezclado con leche de coco.
El día y la tarde fueron pasando entre los distintos platos dulces que se sirvieron luego del almuerzo. Los británicos llevaron la producción de caña de azúcar en las islas a niveles industriales y dejaron en los locales una fuerte afición por sus dulces derivados.
El sol cayó y eso significaba una sola cosa: momento de la kava.
Las tanoas (recipientes donde se prepara la kava) comenzaron a llevarse y los bilos comenzaron a girar, distribuyendo la bebida a todos los allí presentes. Los tres aplausos y los “bula!” resonaban como una orquesta.
En mis experiencias anteriores con la kava, había logrado sentir sus efectos sedativos y relajantes, llevándome a un estado de calma que me invitaba a reposarme en algún lado para quedarme dormido finalmente. Esta vez, tres horas seguidas bebiendo kava me produjeron efectos un poco más fuertes. Los mareos comenzaban a llegarme y ya me estaba sintiendo más ebrio que relajado. Mis anfitriones no tardaron en darse cuenta y hacían chistes sobre mi baja tolerancia a la bebida tradicional.
No tuve más opción que retirarme a mis aposentos, no sin antes despedirme y ser despedido amistosamente por todas y cada una de aquellas personas. Por supuesto, debí ser acompañado y guiado por uno de mis anfitriones, ya que mi exceso de kava y mi desconocimiento de los caminos internos de la aldea hubieran sido la combinación perfecta para que terminara durmiendo en algún lugar indeseado.

Un mate en medio del Pacífico
Había decidido volver a Nadi, pues un temporal estaba pronosticado para los siguientes días en la región donde me encontraba y quise evitar el lidiar con la lluvia. Entre las personas que me levantaron en la ruta y los colectivos públicos que tomé, tuve que gambetear las invitaciones de los locales con el falso argumento de que debía encontrarme con unos amigos en Nadi.
Argumento que no estuvo tan lejos de la realidad. Si bien estaba viajando solo, el hacer amistades con otros viajeros en un escenario muy difícil de sortear. En Nadi volví al mismo hostel donde me había hospedado ni bien llegué. Desde el balcón de aquella habitación de 30 personas, vi que en la mesa del patio había un mate y su cebador hablaba por teléfono.
Esperé sigilosamente, cual tigre acechando a una presa, a que terminara su llamada y me acerqué a hacer mi pedido: —¿No me convidas un mate, loco?
Así nació mi amistad con José, también de Argentina. No tardamos nada en hacernos amigos, pues él también había estado en Nueva Zelanda antes de llegar a Fiji y compartíamos mucho en común. No pasó ni una hora hasta que escuchamos un acento familiar llegar desde el otro lado del patio. A los brincos por el hostel andaba Pablo, un chileno grabando sus primeros momentos en Fiji para sus videos en TikTok.
Al vernos con el mate, dejó los videos de lado y se acercó a charlar con nosotros. Enseguida pegamos onda entre los tres y, ya que ellos recién habían llegado al país, me dispuse a hacerles de guía e ir a conocer el centro de Nadi.
Mientras recorríamos el mercado y esquivábamos a los vendedores de tours, les conté sobre mis andanzas en el norte de la isla y mis experiencias compartiendo con las familias locales. No tardaron en proponerme que vayamos juntos a darle la vuelta completa a la isla, y el plan de retomar mi ruta y compartir el viaje con ellos me tentaba muchísimo.
Al día siguiente preparamos nuestras cosas y nos tomamos un bus a Lautoka. Y desde allí, otro bus hasta un pequeño pueblo desde donde podríamos cruzar a una diminuta pero muy famosa isla llamada Nananu-i-Ra. La isla no se encontraba muy lejos de Viti Levu, solo unos 10 o 15 minutos en bote según lo que habíamos averiguado. Nos bajamos del autobús por la tarde y nos dispusimos a hacer dedo para llegar hasta el puerto. En la caja de una camioneta llegamos al lugar y, en el muelle, divisamos un enorme y oxidado ferry, pero ni una sola persona.
Eran cerca de las 5 de la tarde y ni un alma alrededor. Vemos una lancha llegar con algunos lugareños y nos acercamos a preguntarles si sabían cómo podíamos cruzar. Allí nos dicen que solo se puede cruzar si teníamos reserva en alguno de los alojamientos de la isla, que son ellos los que envían los botes y que esa era la única manera de cruzar.
Nos dispusimos a llamar a los alojamientos, solo para quedar atónitos con los precios que pedían por noche, los cuales estaban completamente por encima de nuestros presupuestos mochileros.
Nos decepcionaba la idea de no poder cruzar y ya nos disponíamos a buscar algún lugar donde pasar la noche. Pero otro bote llegó con solo dos personas: el conductor y una mujer que trabajaba en una de las posadas de la isla. Su nombre era Gigi; nos contó que ella iba y venía todos los días a la isla y nos dijo que volviéramos al siguiente día a las 9 de la mañana al mismo lugar y que ella nos ayudaría a cruzar. Teníamos ya una esperanza a la cual atarnos.
Ella se fue y nosotros activamos nuestros planes de buscar un sitio para dormir. Buscábamos una playa que nos permitiera colgar mi hamaca y armar la carpa que José llevaba consigo.
La playa que encontramos como mejor candidata pertenecía a un resort que se encontraba a unos minutos de allí. Comenzamos a caminar y, cruzando por la parte más selvática, sorteamos el control de seguridad del resort hasta llegar a la playa.
Allí, sobre las ramas de un árbol cuyas hojas besaban el agua salada, tendí mi hamaca y mis compañeros armaron la carpa en una zona un poco más elevada. A la mañana siguiente amanecí con el agua por debajo de la hamaca, pues la marea había subido mucho más de lo que imaginé. Sin embargo, todas mis cosas quedaron a salvo en la carpa.
Nos levantamos y prendimos un fuego para calentar agua, pues teniamos mate y el gran dia que nos proponiamos por delante debia comenzar con unos verdes bien amargos. Ni el calor o la humedad del clima fijiano o los 11 mil kilometros que nos separaban de casa nos iban a impedir explayar toda nuestra cultura rioplatense.
Fiji Time y picaduras paradisiacas
Juntamos nuestras cosas y, sin muchas vueltas, nos fuimos al encuentro de Gigi. Llegamos a las 8:30 para asegurar nuestra puntualidad, pero eran las 9:45 y nadie aparecía. No teníamos su número de teléfono u otra manera de contactarla, solo su palabra de estar allí. Comenzábamos a desistir de la idea de ir a la isla, pero cerca de las 10 Gigi apareció en el sitio.
—Sorry, Fiji time —nos dijo.
Ya había escuchado esa frase repetirse y repetirse durante las semanas que llevaba allí y aún no lograba comprenderla del todo.
La demora de Gigi era la muestra clara del ‘Fiji time’. No hay horarios en Fiji, no hay cronogramas, todo es cuando la persona quiera que así sea. Ergo, no existe un concepto de puntualidad, sino de sincronía propia.
Llegó y, a los pocos minutos, apareció una lancha. El conductor no estaba muy de acuerdo con llevarnos, pues temía que los dueños de los alojamientos de la isla le reclamaran algo. Pero hicimos una vaquita que sirvió de propina para terminar de convencerlo de que nos dejara subir al bote.
Y así zarpamos. Con Gigi como nuestra embajadora y representante, llegamos a la paradisíaca isla de Nanaru-i-Ra. Las aguas eran cristalinas y turquesas, con arenas blancas y coloridos peces nadando entre nuestros pies. Era un paraíso cuidado del turismo masivo, pues los alojamientos que allí estaban no eran grandes resorts u hoteles de lujo que suelen encontrarse en otras islas del país, sino posadas sencillas, muy cautelosas con los visitantes que recibían. Éramos infiltrados y lo sabíamos perfectamente, pero eso nos llevaba también a tomar siempre una posición de máximo respeto y cuidado con el lugar.

Gigi nos llevó a la casa de uno de sus amigos, quien trabajaba como jardinero para varios de los alojamientos y que ofreció hospedarnos.
Nuestro día consistió en explorar ese paraíso, en tendernos en largas charlas y comidas con las personas que allí vivían y que amablemente nos invitaban a ser parte de sus rondas. Pasamos inadvertidos para los dueños de las posadas, todos ellos australianos, neozelandeses o estadounidenses, lo cual nos dio la tranquilidad de que no estábamos metiendo en problemas a nadie.
El día culminó con el pan de cada día: kava.
Esta vez fueron solo unos sorbos para mí, lo necesario como para relajar mis párpados e irme directo a dormir. Me disponía ya a ir hacia mi hamaca, pero mis anfitriones me ofrecieron una cama extra que tenían en su casa, y acepté con gusto.
A la mañana siguiente, luego de las despedidas y ya arriba del bote que nos cruzaba de nuevo hacia la isla principal, comencé a sentir mucha picazón en mis brazos y piernas. Al observar, cientos de ronchas emergían en mi piel. Había sido atacado por pulgas durante la noche, y las picaduras viajarían conmigo por algunos días más como recuerdo de mi cálida estancia en Nanaru-i-Ra.
Suva y el final del viaje
De nuevo en la isla principal, nos dispusimos a hacer dedo para seguir nuestra ruta. Un auto nos levantó y nos fuimos directo hacia Suva, la capital de Fiji, situada en el este de Viti Levu.
Luego de comprar algunos corticoides y cremas que me ayudarían a calmar la picazón y bajar la hinchazón de las picaduras, nos dispusimos a visitar el mercado y un poco del centro de la ciudad.
Quizás Suva replicaba un poco los aires de una capital bastante occidentalizada. Con muchas tiendas de ropa, artículos electrónicos y restaurantes de comida rápida, nos invitó a estar solo unas horas y tomar un bus hacia un parque nacional que se encontraba cerca de allí.
En el recorrido en bus pudimos observar las zonas más opulentas de la ciudad, imagen que no logramos encontrar ni en Nadi ni en otros sitios del país, pero que también contrastaban con los barrios y zonas más pobres, los cuales sí eran una constante en los cuatro puntos cardinales.
Nuestra visita al Parque Nacional Colo-I-Suva consistió en perdernos en todas las direcciones posibles tanto a la ida como a la vuelta, pero eso no nos impidió disfrutar de las hermosas cascadas y nadar en las ollas que allí se formaban.
De vuelta en Suva, Pablo decidió volverse directo a Nadi para ir a explorar otras islas cuyos botes partían desde esta ciudad. José y yo seguimos explorando un poco más del sur de la isla, parando en lugares como Pacific Harbour, Coral Coast y Natandola, donde fuimos también recibidos y hospedados por locales que conocimos en el día y que amablemente se acercaban a charlar con nosotros.
Finalmente, regresamos a Nadi, donde nos despediríamos. Él se quedaría por tiempo indeterminado hasta tener novedades de su situación migratoria en Nueva Zelanda, y yo me marcharía hacia Samoa, mi siguiente destino en esta ruta a través de Oceanía.

Bula Vinaka
La simpatía, la alegría y la amabilidad fueron los disparadores de mi interés en querer conocer Fiji. Conviví con su gente en varios de mis trabajos en Nueva Zelanda, y me inundaba la curiosidad por conocer el país.
Estos valores no solo se reafirmaron, sino que se amplificaron en mi concepto sobre la cultura fijiana. Y en carne propia viví lo que yo considero es el valor más representativo de su gente: la hospitalidad.
Su pueblo me mostró el lado más vulnerable de la sociedad y también el más virtuoso. No conocen de límites estructurales para ofrecer a los demás todo lo que tienen a su alcance, y mucho más.
Me vienen a la mente las palabras de aquel pastor y jefe de su comunidad que me recibió en su aldea aquel domingo: “Tenemos la vida que queremos, tenemos nuestra tierra y nuestros botes. No buscamos grandes casas o parques, solo queremos pescar y pasar tiempo con nuestras familias”.
En su cosmovisión, no buscaban tener más o mejores cosas; solo querían poder seguir pescando y dedicar a sus familias todo el tiempo que desearan. No importaba si ello implicaba tener una vida más humilde, más austera o más sencilla.
Una mañana, caminando por una de las playas de Nadi, conocí a un hombre llamado Johny. Me contó que todas las mañanas iba a pasear a la misma playa y se quedaba allí rezando. Era el mismo paseo que solía hacer con su esposa. Ella había fallecido hacía un año y, desde entonces, él seguía visitando el mismo lugar todos los días para rezar y volver a encontrarse, de alguna manera, con su amada una vez más.
Por la tarde pescaba con sus hijos, y por la noche pasaba tiempo con sus amigos y familia.
Historias como la de Johny, como los eventos que viví con los locales, y las tradiciones y costumbres que compartieron conmigo tenían un denominador común: la preponderancia de las relaciones humanas como eje central en sus vidas.
No conciben un mundo sin el otro, no conciben un mundo sin comunidad y colaboración entre pares, ni sin brindarse a los demás.
Fiji me ha enseñado de sencillez, redefinió para mí el significado de hospitalidad y me ha mostrado una visión más profunda de las relaciones humanas: el valor de la memoria, del compañerismo, de la solidaridad y de la tradición.
Como un punto de inflexión, marcó y definió en mí una manera de viajar que seguiría aplicando en futuros viajes: sumergirme en encuentros aleatorios y no planificados como un modo de acercamiento al lado más real y genuino de una cultura, confiando en el viaje a dedo como una herramienta de interacción social que te lleva a vivir las más grandes historias.
Bula Vinaka, Fiji. Gracias, Fiji.


