Era octubre de 2021. Tenía trabajo, título y un camino bastante claro, al menos en los papeles. Y, aun así, sentía que me estaba perdiendo a mí mismo.
En aquella época trabajaba como ingeniero agrónomo en la zona de Cañuelas. Era un junior, recién salido de la facultad y metido en esa dudosa costumbre de “curtirme” en el rubro, lo que implicaba muchas horas de trabajo por un sueldo miserable. “Es para priorizar la experiencia”, repetía para tratar de convencer a mi mente, buscando una inyección de energía frente al agotamiento que mi cuerpo y mi cabeza acarreaban.
Pero también mi espíritu estaba cansado. No había chispa, no había una señal o un gramo de motivación que me convenciera de seguir adelante. Cambiar de trabajo parecía una opción viable y totalmente lógica, así que me puse en marcha en busca de esa salida al laberinto que me encerraba.
Llegó una propuesta: el triple de salario, un horario definido y muchas posibilidades de crecimiento a futuro. Pero la rechacé. Ya iba más allá del dinero, la posición, el cargo, la 4×4 o los horarios. Mi desencuentro ya era con la profesión, no con el trabajo o la empresa en sí misma. Y me sentí realmente acorralado.
Tenía miedo. Había estudiado seis años en la universidad solo para darme cuenta de que no quería ser ingeniero agrónomo. Y empezaron a aparecer las preguntas: ¿y ahora qué hago?, ¿a qué me dedico, entonces?, ¿qué van a pensar mis viejos?, ¿qué va a pensar la gente?, ¿para dónde salgo corriendo?
Tenía mucho miedo, porque sentía —y estaba seguro— que, si seguía por ese camino, me iba a entregar a una vida que no tendría sentido para mí. Pero también tenía miedo a ser juzgado y a no tener respuesta cuando alguien me preguntara: “¿Y entonces, qué vas a hacer?”
Estaba entre la espada y la pared. Mi energía disminuía cada día más, y la duda y la tristeza eran el común denominador de mis días.
Creo que Dios, el universo, o como cada uno quiera llamarlo, manda mensajes a través de las personas que se cruzan en nuestras vidas.
El mensajero para mí fue Christian. Si bien es mi amigo, yo siempre lo consideraré como un padre. No solo por la diferencia de edad, sino porque siempre cuidó de mí como uno más de sus hijos.
Ese día estábamos en su casa. Nos juntamos todo el grupo a comer un asado, típico ritual. Pero esa noche decantó en una charla profunda, mano a mano con mi amigo, que sería el principio de un camino completamente nuevo.
Empezaba a gestarse una decisión. Algo dentro mío empezó a moverse. Y ya no iba a haber vuelta atrás.

