Mi historia

Miedo de no saber a dónde ir
Era octubre de 2021. Tenía trabajo, título y un camino bastante claro, al menos en los papeles. Y, aun así, sentía que me estaba perdiendo a mí mismo.
En aquella época trabajaba como ingeniero agrónomo en la zona de Cañuelas, Provincia de Buenos Aires. Era un junior, recién salido de la facultad y metido en esa dudosa costumbre de “curtirme” en el rubro, lo que implicaba muchas horas de trabajo por un sueldo miserable.
“Es para priorizar la experiencia”, repetía para tratar de convencer a mi mente, buscando una inyección de energía frente al agotamiento que mi cuerpo y mi cabeza acarreaban.
Pero también mi espíritu estaba cansado. No había chispa, no había una señal o un gramo de motivación que me convenciera de seguir adelante. Cambiar de trabajo parecía una opción viable y totalmente lógica, así que me puse en marcha en busca de esa salida al laberinto que me encerraba.
Llegó una propuesta: el triple de salario, un horario definido y muchas posibilidades de crecimiento a futuro. Pero la rechacé. Ya iba más allá del dinero, la posición, el cargo, la 4×4 o los horarios. Mi desencuentro ya era con la profesión, no con el trabajo o la empresa en sí misma. Y me sentí realmente acorralado.
Tenía miedo. Había estudiado seis años en la universidad solo para darme cuenta de que no quería ser ingeniero agrónomo. Y empezaron a aparecer las preguntas: ¿y ahora qué hago?, ¿a qué me dedico, entonces?, ¿qué van a pensar mis viejos?, ¿qué va a pensar la gente?, ¿para dónde salgo corriendo?
Tenía mucho miedo, porque sentía —y estaba seguro— que, si seguía por ese camino, me iba a entregar a una vida que no tendría sentido para mí. Pero también tenía miedo a ser juzgado y a no tener respuesta cuando alguien me preguntara: “¿Y entonces, qué vas a hacer?”
Estaba entre la espada y la pared. Mi energía disminuía cada día más, y la duda y la tristeza eran el común denominador de mis días.
Creo que Dios, el universo, la pachamama, o como cada uno quiera llamarlo, manda mensajes a través de las personas que se cruzan en nuestras vidas.
El mensajero para mí fue un amigo. Un amigo que considero como un padre y mentor.
Ese día estábamos en su casa. Nos juntamos todo el grupo de amigos a comer un asado, típico ritual. Pero esa noche decantó en una charla profunda, mano a mano con mi amigo, que sería el principio de un camino completamente nuevo.
Empezaba a gestarse una decisión. Algo dentro mío empezó a moverse. Y ya no iba a haber vuelta atrás.
La charla que lo cambió todo
—¿Qué te motiva? —me preguntó mi amigo.
Y el silencio que se hizo parecía el mismísimo vacío profundo. No tenía una respuesta para eso.
Me quedé callado, buscando algo que decir, como si la respuesta pudiera aparecer de la nada. Empecé a balbucear, intentando encontrar alguna explicación en algún rubro relacionado con la agronomía, mi profesión. Pero eran respuestas forzadas y sin cimientos. Eran solo relleno, carentes de pasión, sin una motivación real; más bien un intento desesperado de sacar algo de la galera para tapar ese espacio vacío.
Mi amigo me escuchaba en silencio. No interrumpía, no juzgaba. Solo esperaba.
—¿Sentís que lo que me estás diciendo te quita el sueño? —¿Sentís que cuando te vas a acostar no ves la hora de que sea el día siguiente para ir a hacer eso que tanto te gusta? —¿Sentís que te levantás con ganas, con esa energía que te llega hasta los huesos?
Las preguntas caían una atrás de la otra, y con cada una sentía que algo dentro mío se desarmaba un poco más.
Claramente, ahí ya no pude disimular que no tenía una respuesta. Y los miedos que venía sintiendo no hicieron más que acrecentarse. Me encontré más perdido que nunca.
Quizás hoy, con el diario del lunes, entiendo que no se refería puntualmente a un oficio, una profesión o una tarea en particular. Creo que hablaba de algo más profundo: de la motivación de vivir con plenitud y energía el día a día. De realmente disfrutar lo que la vida nos viene a traer.
Pero en ese momento no podía verlo así. Solo sentía el peso de no saber. Y esa sensación de vacío me venía acompañando durante el último timepo.
Sin embargo, había una oportunidad a la vuelta de la esquina, una que había desestimado tiempo atrás por agenda laboral, justamente.
Un viaje. Un viaje a España por dos semanas. No parecía mucho tiempo, parecía una tontera. No más que un pasaje de avión que había ido postergando sin costo debido al Covid y que ahora ya no tenía más posibilidad de reprogramación. Solo había dos opciones: tomarlo o dejarlo.
Siempre había querido viajar, pero el bucle en el que estaba me había hecho alejarme y hasta olvidarme un poco de aquel sueño de conocer el mundo.
—¿Por qué no te vas? Son solo dos semanas. Y no te das una idea de la cantidad de cosas que te podés encontrar.
En mi cabeza pensaba: ¿qué tanto pueden cambiar las cosas en dos semanas? Qué inocencia la mía, la de todavía no entender cuántas cosas puede vivir un viajero en tan corto período de tiempo.
Podés arreglar para irte, no dejes pasar la oportunidad. Andate y mirá la vida desde otro lado. Conocé gente, exponete a hablar con personas que no hablen tu mismo idioma, hacete amigo de gente del otro extremo del mundo, aprendé de sus vidas y de sus historias. Salí. El mundo no es solo lo que ves en diez metros a la redonda. Es tu oportunidad para abrir la mente y encontrar aquello que te motiva.
Hubo algunos momentos de titubeo, pues tenía que comunicarle a mi jefe que iba a estar ausente por dos semanas, justo durante la época de mayor demanda de trabajo en nuestro rubro. Pero sabía que lo necesitaba, sabía que ahí podía aparecer algo. Hacía un año había comprado una mochila de mochilero y aún estaba ahí, en algún lugar de mi armario, juntando polvo y esperando salir al mundo.
Cerré la conversación con mi amigo con un gran abrazo y un gracias aún más grande, pues fueron las palabras justas en el momento justo. El universo hablándome a través de él. Volvimos al asado, a compartir un fernet y a charlar nuevamente de anécdotas que contábamos una y otra vez. Pero me fui a casa con una decisión tomada: me iba a ir a España.
Iba a realizar mi primer viaje solo y como mochilero. No tenía idea de que ese viaje iba a ser el primer paso para tomar una decisión que cambiaría mi vida por completo.
El primer viaje
Lo había decidido: me iba a ir de viaje a España. Iban a ser solo dos semanas, pero algo había depositado en esa aventura. Quizás una señal, quizás una intuición, quizás la necesidad de encontrar un hilo del cual tirar para llegar al meollo de la cuestión.
Muy tímidamente, y cargando con mucha culpa, me acerqué a mi jefe para comentarle que quería hacer este viaje y que estaría ausente por dos semanas, en plena temporada de cosecha de trigo; una ausencia que, sin dudas, se iba a sentir.
Él fue franco conmigo. Y hoy en día lo agradezco mucho, porque creo que en ese momento de mi vida no habría tenido el coraje de hacerlo sin importar cuál fuera la respuesta.
—Te vas en un momento en el cual realmente te necesito acá. Pero yo también tuve tu edad, yo también viajé y entiendo que este viaje te va a venir bien.
Esas fueron sus palabras.
Él no era ajeno a mi situación. Habíamos hablado sobre mi falta de motivación, no porque yo hubiera llevado el tema a la mesa, sino porque mi desempeño en el día a día ya hablaba por mí. Cualquiera cercano podía darse cuenta del momento que estaba atravesando. En fin, lo consensuamos y haría el viaje.
Armé mi mochila sin mucho criterio ni experiencia previa, y con un millón de cosas que llevé “por si las dudas”. Cuatro años después, creo que podría haber viajado durante un año con solo la mitad de lo que cargué.
Así, cargado y todo, me fui. Mi padre, mi hermano y mi abuela me llevaron hasta el aeropuerto. Un evento épico para toda la familia. Desde que mis bisabuelos dejaron Europa para llegar a Argentina, era el primer miembro de la familia que cruzaba el charco. Y no más ni menos que la segunda vez en mi vida que me subía a un avión.
Salí de Buenos Aires rumbo a Barcelona. Llegué a España cerca de las seis de la mañana, justo cuando empezaba a amanecer. Hasta el micro que me llevaba del aeropuerto al centro de la ciudad me parecía algo espectacular. Todo me maravillaba: las calles, los edificios, los autos, las personas en su cotidianidad. Los colores, los olores, los ruidos… todo era una melodía para mi corazón.
En el centro de la ciudad me esperaba un viejo amigo, quien me acompañó a dejar mis cosas en el hostel y comenzamos a recorrer Barcelona.
Todavía recuerdo el aroma del aire de esa mañana mientras explorábamos los puntos más emblemáticos de la ciudad en bicicleta. Sentía esa emoción corriendo por las venas, esa alegría y presencia absoluta de lo que estaba viviendo.
Me hospedé en un hostel muy cerca de la Sagrada Familia. La primera noche debí dormir algunas horas afuera, ya que compartía habitación con mi amigo y solo teníamos una llave. Él se fue a dormir temprano y mis llamadas y mensajes pidiendo auxilio recién fueron atendidos con los primeros rayos de luz del día. Ya empezaba a marcarse mi perfil de viajero.
Podría centrarme en las comidas, los lugares históricos, los medios de transporte que utilicé, los souvenirs que compré, las canciones que escuché, las aventuras que se dieron en solo dos semanas o incluso algunas fiestas. Pero el foco de esta historia está en las personas.
Allí, por primera vez en mi vida y a mis 26 años, hablé con alguien que no hablaba mi mismo idioma. En un inglés muy rústico y limitado empecé a tener conversaciones —no muy profundas— con personas de distintas partes del mundo que también estaban viajando. Ese hecho me resultó muy particular y fascinante.
Me vi reflejado. Y entendí que, en el fondo, todos sentimos y atravesamos cosas similares.
Esa fue mi señal.
Supe que quería saber más, que quería escuchar lo que esas personas, de todos los rincones del mundo, tenían para contarme. Sentía el deseo de descubrir lugares a través de su gente. Estaba fascinado y no podía dejar de hablar con desconocidos. Había mucho más por descubrir de lo que hasta ese momento había logrado ver.
Mi euforia fue tal que incluso pensé en llamar a mi jefe y decirle que renunciaba y que me quedaba allí por tiempo indefinido. Pero ganó la prudencia. No quería tomar una decisión impulsiva. Sabía que si realmente quería dedicar mi vida a viajar, debía hacerlo bien. Empezando, al menos, por despedirme correctamente de mis padres. Y, dato no menor, también estaba en pareja.
Aunque quedarme no fue la decisión que tomé, sí tomé otra: volvería, renunciaría y me prepararía para salir a viajar por el mundo.
En ese corto período tuve el primer envión que necesitaba. Me encontré con una idea que me desbordaba de motivación y, por primera vez en mucho tiempo, tenía un proyecto al cual aferrarme.
Me despedí de España y de todos los amigos que había hecho allí. Me despedí de esa versión mía, sabiendo que sería solo un “hasta luego”. Una vez de regreso en casa comenzaría a gestarse el sueño que me había traído hasta acá: viajar y conocer las historias del mundo.
Pegar el volantazo
Tenía una decisión tomada. Había logrado conectar con un proyecto que me entusiasmaba muchísimo. Y eso también implicaba redireccionar mis esfuerzos y mis energías. Implicaba un nuevo rumbo. Literalmente, pegar el volantazo.
El desencuentro con lo que hasta ese momento era mi profesión me había mostrado que no quería seguir esa senda. Sentí, realmente desde el corazón, que necesitaba tomar distancia del rubro para poder enfocarme en lo que quería.
Volví a Buenos Aires. Y con una de esas cajitas de chocolates que se compran en los free shop de los aeropuertos, volví a mi trabajo. Ahí lo vi a mi jefe y le entregué el presente, pero también una noticia que no iba a ser muy bien tomada, al menos de entrada.
—No voy a seguir. Me di cuenta de que este no es el camino que quiero transitar y que voy a buscar nuevas oportunidades.
Un silencio eterno copó la oficina.
Y llegó la tan inevitable pregunta:
—¿Y qué vas a hacer?
Pero esta vez, con mucho más coraje y serenidad, pude decir:
—No lo sé bien todavía. Sé que quiero viajar, que quiero irme a conocer el mundo, que quiero salir afuera. Aún no sé muy bien cómo ni cuándo lo voy a hacer. Pero sé que quiero eso. Tengo una intuición, un camino que seguir. No tengo un plan claro todavía, pero lo voy a tener, porque confío en que es por acá.
Hubo cierto rechazo a mi noticia, como era de esperarse. No lo juzgo. Reconozco también que mi partida fue repentina y sin mucho margen como para que él pudiera buscar un reemplazo y adaptar las dinámicas. Pero para mí ya era algo insostenible.
Hubo algunos intentos de convencerme, mejorando ciertas condiciones laborales y tareas a cargo. Pero la suerte ya estaba echada.
Me comprometí a trabajar dos semanas más, con la idea de poder dejar en orden todo lo que estaba a mi cargo y hasta ayudar a encontrar un reemplazo para mi puesto.
Los días pasaron. Y recuerdo haberlos atravesado con mucho alivio y alegría. No lo voy a negar: pensé varias veces si realmente estaba haciendo lo correcto o no. Pero bastaban solo dos minutos de silencio y mirar hacia adentro para darme cuenta enseguida de que sí. De que estaba haciendo lo correcto. De que resonaba muchísimo con mi decisión y de que, de alguna manera, todo se acomodaría para acercarme a mi sueño.
Y así, sin más, y casi llegando el fin de año, me despedí del campo. De las personas que allí conocí y, por supuesto, también de mi jefe. Él no quería dejarme ir, pero en cierto modo también me alentó a que siguiera mi camino. Por eso le estaré siempre agradecido.
Aprendí muchísimo más de lo que podría haber esperado. Y no hablo de la agronomía.
Ya fuera del laberinto, me encontraba en campo abierto. En una sabana de oportunidades. Y debía comenzar a trabajar si quería realmente llegar a lo que me había propuesto.
Comenzaba ahora un nuevo camino. Y, rápidamente, muchas puertas empezarían a abrirse para ayudarme a transitarlo. Había un sueño en el horizonte.
Un sueño en el horizonte
Había terminado el año sin trabajo, pero comenzaba el año 2022 con un proyecto por delante.
La vida también me tendió una mano y, durante las primeras semanas de enero, surgió la posibilidad de trabajar en un rubro completamente ajeno a mi profesión: una desarrolladora inmobiliaria. Fue una de las mejores experiencias laborales de mi vida. Compartí tiempo con personas increíbles que me enseñaron muchísimo del sector y de la vida. Además, ese trabajo me permitió ahorrar algo de dinero para finaciar mi viaje.
Algo dentro de mí se acomodó: ya había decidido cuándo. Tenía una fecha en la cabeza, marzo de 2023. Me había dado un año para prepararme y ver hacia dónde iría. Aún no sabía bien el destino ni la forma, pero sí sabía que en esa fecha me iba a ir. Lo había decretado.
España volvió a aparecer en mi mente, pero mi corazón me decía que el destino tenía otros planes para mî.
La pandemia de COVID-19 había terminado y con ella regresó la presea de muchos viajeros: las visas Work and Holiday. Visas que permiten vivir y trabajar durante un año o más en los distintos países que tienen este acuerdo. En particular, la visa para Nueva Zelanda era una de las más codiciadas y estaba entre mis mayores deseos. En mayo de ese año volvería a abrir la aplicación y miles de viajeros competiríamos por una de las escasas mil visas anuales disponibles para argentinos.
Llegó el día. Con toda la esperanza del mundo y frente a una web de migraciones completamente colapsada, inicié el proceso de aplicación.
Nueva Zelanda siempre había estado en mi mente. Tal vez por las películas de El Señor de los Anillos y El Hobbit, de las que soy fanático, por los All Blacks o por las fotos de sus paisajes increíbles; pero, por alguna razón, siempre había llamado mi atención. Sabía que las chances eran mínimas y me senté frente a la computadora a esperar el milagro.
Me ilusionaba con cada pestaña que lograba superar y me retorcía de los nervios cada vez que tenía que esperar eternos minutos para avanzar a la siguiente. El corazón me latía con fuerza y sentía que esa era mi oportunidad, que el destino lo tenía planeado para mí y que iba a conseguir la tan preciada visa.
Llegué hasta el final de la aplicación y apareció la última pestaña, la más esperada: pagar. Solo tenía que cargar los datos de la tarjeta de crédito y la visa sería mía; ya casi la tenía. Pero al hacer click… “No hemos podido procesar su pago”.
No llegué. Los cupos se habían agotado y confirmé lo que ya sabía: obtenerla es, en gran parte, una cuestión de suerte.
Había puesto mucha fe ahí y me sentí decepcionado. No podía disimular la tristeza que sentía y volví a dudar de si estaba haciendo lo correcto. Me sentí muy desanimado, pero no iba a bajar los brazos.
Lejos de dejar que el sueño se derrumbara, empecé a explorar otras opciones. Australia parecía lo más viable: una visa más accesible, aunque necesitaba ahorrar más dinero y aprobar un examen de inglés. Tenía un año para lograrlo, así que ese fue el nuevo destino.
Los meses siguientes los dediqué a estudiar inglés y a seguir trabajando en mi proyecto. Australia estaba entre ceja y ceja y no pensaba detenerme hasta llegar al país de los canguros. Estaba de nuevo en carrera.
Pero el destino todavía tenía un as bajo la manga. Algo inesperado surgió. Con pocos días de anticipación, la oficina de inmigraciones de Nueva Zelanda anunció que abriría, por única y exclusiva vez, una nueva fecha de aplicación en septiembre: mil cupos más como compensación por los dos años en que la visa estuvo cerrada por el COVID.
No podía dejar pasar la oportunidad. No perdía nada. Sabía que, si no se daba, mis energías ya estaban dirigidas hacia Australia. Así que fui por mi revancha.
Bajé mis expectativas y me relajé. Pues ya tenia experiencia y sabía que el proceso iba a ser largo. Una vez más, me enfrente a las lentas pestañas que una a una fueron cayendo como piezas de dominó.
Después de dos horas de espera en un sistema que parecía funcionar a pedal, logré llegar a la última pestaña, el paso decisivo: pagar la visa. Cargué los datos, temeroso de equivocarme en algún número de la tarjeta, e hice click. El corazón se me detuvo no un minuto, sino diez. Hasta que, por fin… pago aprobado. En cuestión de horas recibiría mi visa Work and Holiday para viajar y trabajar en Nueva Zelanda.
Me quedé mudo. No podía creer lo que había pasado. Durante unos días no se lo conté a nadie más que a mi hermano; me costaba asimilarlo. Esa visa tan deseada, tan difícil de conseguir, que ya me había sido negada y que estaba atada casi por completo a la suerte, era mía. Podía irme por un año a tierras maoríes a viajar, conocer historias y explorar cada rincón.
Sabía que Australia quedaría para más adelante. Mi proyecto tomó más forma que nunca: tenía una fecha y un lugar. Solo faltaba sacar el pasaje de avión y todo estaría listo.
Pero no todo fue color de rosas. Siempre hay un precio que pagar, y eso implicaba dejar atrás muchas cosas importantes para mí.
El precio a pagar
Me crié en la ciudad de Cañuelas, aunque para mí siempre fue el pueblo: donde se respetaban a rajatabla los horarios de la siesta y todos se conocían entre sí. Crecí jugando en la calle, pateando la pelota en potreros, recorriendo el campo con mis amigos y tomando mates en la vereda con mi abuela.
Me sentía profundamente ligado a mi tierra, al lugar donde había pasado toda mi vida. A mis amigos, muchos de ellos desde la infancia. A mi querido club de rugby, Las Cañas, que fue mi segunda casa durante quince años y donde jugué hasta el momento en que decidí partir de Argentina. A mi familia, por supuesto. Y a cada rincón de mi ciudad.
¿Estaba listo para soltar todo eso e irme a ver qué pasaba allá afuera? ¿Para dejar lo que realmente amaba? ¿Para hablar en otro idioma? ¿Para ir un lugar donde pasaría a ser un desconocido?
La apuesta era fuerte. Había mucho en juego. Sentía que tenía muchos afectos donde estaba, pero también tenía un sueño y estaba dispuesto a pagar el precio.
Recuerdo cuando se lo conté a mis viejos. Mamá estalló en lágrimas, pero me abrazó feliz al saber que iba a hacer lo que había soñado. Ella fue testigo del día a día del proceso hasta llegar ahí; sabía todo lo que había puesto y, como era de esperarse, me dio su apoyo incondicional. Y luego a mi papá. Su respuesta fue un mimo al corazón que quedó guardado para siempre: “Vayas a donde vayas, hagas lo que hagas, yo te voy a apoyar”. Y nos fundimos en un abrazo.
Poco a poco, familiares y amigos se fueron enterando de que me iba. Muchos se sorprendieron, claro, pero el apoyo y la emoción se hicieron sentir en cada palabra de aliento y en cada abrazo que recibí.
Había hablado con muy pocas personas sobre mi proyecto. Solo unos pocos sabían que ese era mi objetivo y que durante todo un año había trabajado duro para lograrlo.
También hubo una persona clave durante todo el proceso que me acompañó incondicionalmente: mi novia de ese momento. Y sí, también me iba a despedir de ella. Al principio había sido un proyecto de los dos, pero la honestidad nos llevó a darnos cuenta de que no coincidíamos en cómo queríamos vivirlo y que teníamos objetivos distintos. Su apoyo fue fundamental desde el día uno para que yo pudiera cumplir este sueño, incluso cuando ya sabíamos que nuestros caminos se separarían.
Así, después de dos años juntos, con mucho amor y mucha tristeza de por medio, unos meses antes de que yo me fuera pusimos fin a la relación.
Amigos, familia, amores y lugares de pertenencia quedarían atrás. A medida que la fecha se acercaba, crecía la emoción y también aparecía la nostalgia.
Comenzaron las despedidas: algunas con asados, otras con mates, todas con abrazos largos, de esos que dicen “hasta pronto”.
Los meses pasaron y la fecha asomó en el calendario: marzo de 2023.
Mi vida en una mochila
12 de marzo de 2023.
Documentos de viaje listos. Cuatro remeras, dos pantalones, algunas medias, cinco boxers, un buzo y una campera: sí, con esto estaría bien. Listo.
Un par de zapatillas, un par de ojotas y unos borcegos de hiking. Listo.
Toallas y cosas de higiene personal. Listo.
Algunos medicamentos por si las dudas. Listo.
Mate, termo y algunos paquetes de yerba. Listo.
Me fui de Cañuelas con 12 kg de equipaje en una mochila de los cuales 2kg eran yerba mate. El resto de mis pertenencias las doné, y algunas otras pocas —libros, fotos, camisetas de mi club de rugby y del Club Atlético Independiente— se quedarían guardadas en un cofre en la casa de mi madre. Solo ropa y el mate. Con eso me iría. Lo más importante que tenía eran mi cuerpo, mi mente y mi espíritu.
Salimos temprano de casa, pues el vuelo era a las 9 am. A las 6 am ya estaba en el aeropuerto. Mi familia y algunos amigos estaban ahí conmigo. Era domingo. Despaché mi mochila y llegó el momento de cruzar la puerta. Quería viajar, pero no quería enfrentar ese instante de despedida con mis seres queridos. Pero debía afrontarlo. Me fundí en lágrimas al abrazar a cada uno de ellos: mis hermanos, mis amigos, mi abuela y mis padres. Los abracé tan fuerte como nunca antes. Quería llevarme esos abrazos conmigo en la mochila.
Encaminé hacia la puerta de partidas. Miré para atrás, con la cara roja como un tomate y las lágrimas hasta las rodillas, para gritarles una vez más:
—Los amo, cuídense mucho.
Y me perdí entre las paredes del aeropuerto y la gente que estaba allí.
Ahora estaba solo, al menos en el plano físico. Pasé los controles, hice migraciones y, mientras esperaba el embarque, la lluvia de mensajes llegó deseándome lo mejor en mi aventura. El cariño que me llevaba conmigo era inmenso. Lo cual alegraba y al mismo tiempo entristecía el corazón.
La ruta sería Buenos Aires – São Paulo – Santiago de Chile – Auckland. Un viaje de casi 20 horas por delante.
Embarqué, me senté en el avión y mandé el último mensaje:
—Te aviso cuando llego, mamá. Te amo.
Había pasado más de un año de arduo trabajo. Había atravesado un momento de crisis donde no sabía a dónde ir ni qué quería hacer. Había sentido la emoción de encontrar un nuevo camino. Había pasado por miles de planes y cambios de idea. Había vivido la desilusión de no obtener una visa y la alegría de una segunda oportunidad. Había trabajado mucho para poder ahorrar. Había tomado clases de inglés religiosamente, tres veces por semana. Había dejado atrás amigos, familia, amores y mi lugar. Había luchado y me había esforzado mucho. Y, por fin, había llegado.
Recuerdo la energía que me recorrió el cuerpo al pisar Auckland. El primer “sorry, I don’t understand”. El tren que tomé del aeropuerto a la ciudad y lo maravillado que estaba de estar allí.
Iba a estar un año y desde el primer minuto, comencé a hacer amigos: otros viajeros argentinos que también recién llegaban. Ahí entendí también nuestra unión como viajeros.
Así comenzaba un gran viaje, que me llenaría de momentos memorables: enseñanzas, amistades, amores, crisis, renaceres, aprendizajes, satisfacciones, desilusiones, descubrimientos, creatividad, historias y anécdotas.
En otras palabras, me llenaría de VIDA.
